Jueves, 16 de julio de 2009

¿Quién decide qué hora es en Japón? No tengo ni idea, pero deberían hacerle tragar un manojo de anzuelos y luego obligarle a sacárselos tirando de los hilos. Son las cuatro de la mañana y está amaneciendo. El autobús ya está iluminado, aunque nadie parece haberse dado cuenta excepto yo. No puedo seguir durmiendo pero tampoco tengo ganas de hacer otra cosa, así que me quedo sentado esperando que pase el tiempo. El paisaje es verde y la carretera es buena.

Dos horas más tarde llegamos a Kioto, que nos recibe con frialdad. Son las seis en punto y las calles están desiertas. La estación de autobuses, que comparte edificio con la de ferrocarriles, es realmente impresionante. De todas las estaciones en las que he estado, ninguna me ha causado ese efecto, ni siquiera la central de Berlín. Es un edificio altísimo, moderno y muerto. Todo, a excepción de la oficina de venta de tickets, está cerrado, incluyendo la oficina de turismo, que es lo que me interesa en este momento. A falta de poder hacer otra cosa, me acerco a reservar los billetes a Hiroshima y Hakata, los próximos destinos en mi viaje hacia el oeste de la isla, donde tomaré el ferry a Corea del sur. Detrás del mostrador, un muchacho joven, casi un niño, me espera haciéndome una reverencia. Apenas habla inglés, pero logramos entendernos con ayuda de señas y un mapa. Después de todo, tenemos todo el tiempo del mundo. Estaré toda la mañana en Kioto, el medio día en Hiroshima y llegaré a Hakata a las siete de la tarde, con tiempo de tomar el ferry de las ocho que, según he leído en algunos foros, es el último del día. No tengo tiempo que perder, así que decido prescindir de la oficina de turismo porque no abre hasta dentro de dos horas. Dejo la mochila en una de las taquillas de la estación y me dispongo a pasear por la ciudad.

Como el resto de grandes ciudades que he visitado, Kioto está llena de rascacielos. Si la estación es magnífica, el resto de edificios que la rodean no desentonan. Me dejo llevar por el instinto y paseo por una calle ancha que estoy seguro que me llevará a algún lugar de mi interés. Hace muchísimo calor y aún no han dado las nueve de la mañana. Son las consecuencias de que amanezca a las cuatro. En el corto trayecto que hago antes de encontrar un viejo templo me ha parado la policía secreta dos veces. Me han enseñado las placas y me han pedido muy amablemente que les muestre el pasaporte, cosa que he hecho con mucho gusto. Tiene gracia, pero ambos han coincidido en escandalizarse cuando me he levantado la camiseta para llegar a la mochila interior donde guardo lo papeles importantes. Uno de ellos ha llegado a taparme con un periódico que llevaba en la mano. No hay quien entienda a estos tipos.

El templo se llama Higasi Honganji y solo puedo verlo a medias. Hay una gran parte tapada con una lona; deduzco que está siendo restaurado. Se trata de un templo construido en madera en el siglo VII después de Cristo. No le viene mal un poco de reforma.

Hi, do you know the name of this temple?1 ―pregunto a una chica que a todas luces no es japonesa.

Wait a second2 ―me responde.

Le dice algo al chico con quien va y este empieza a buscar el nombre en una mapa que guarda en su bolsillo. No he entendido lo que ha dicho, pero por el acento deduzco que son italianos.

―¿Italianos? ―pregunto para llenar el tiempo que tarda el chico en encontrar el nombre del lugar.

―No, Spanish.

―¡Vaya! Yo soy de Málaga.

Me alegra mucho encontrar a gente española y volver a escuchar el acento. Son un grupo de tres chicos (Ramón, Albert y Francesc) y dos chicas (Carmen y Laia). Charlamos durante un ratito, donde comentamos nuestros viajes y donde me recomiendan un par de sitios a los que puedo ir en las pocas horas que me quedan. Es una charla breve pero muy agradable. La mayoría son de Barcelona, aunque también hay alguno de Madrid. Me despido hasta otra y me voy en busca del primer destino que me ha recomendado mi particular oficina de información turística: el jardín Shosei-en.

El jardín Shosei-en es el primer sitio donde tengo que pagar para entrar. Son tan solo trescientos yenes y por fortuna esta vez saqué dinero de sobra en el cajero. Aún me queda mucho por gastar. El sito es muy bonito, pero no me aporta nada, ningún rincón que lo haga realmente diferente al resto. A la salida, después de unas horas, sí que descubro un sitio ciertamente especial. En una de las calles de la zona por las que me he perdido caminando, encuentro lo que parece ser una guardería tradicional japonesa. Es un pequeño patio cubierto donde se está fresquito. Está lleno de estatuas, velas y ramos de flores en lo que parecen ser ofrendas religiosas. Entro y empiezo a curiosear. Me meto por donde me dice el sentido común que no debería entrar, pero el poder de atracción es superior. El sitio tiene algo que da miedo, mucho miedo. Aunque afuera el calor y la humedad son casi insoportables, dentro no solo se está fresco sino que, a medida que entro, llego incluso a notar frío. Me siento como si estuviera en una película de miedo y estuvieran a punto de liquidarme. Soy el típico personaje que se está metiendo donde no debe y que lo acabará pagando caro. Sigo allí unos minutos hasta que un ruido me sobresalta. Es una especie de zumbido cuyo volumen va en aumento. Me parece que es un buen momento para largarme; los fantasmas de los niños que debe de haber enterrados por allí están a punto de salir al recreo, así que salgo por patas. Tengo que hacer uso de todo mi sentido común para no echar a correr, aunque sí que acelero el paso. En la puerta hay un cartel explicando qué es ese lugar, pero paso de leerlo. Prefiero buscar información en Internet cuando vuelva a casa.

A pesar del calor, estoy encantado paseando por estas calles de barrio, viendo cómo los vecinos friegan a las puertas de sus casas o riegan sus macetas. Todos me miran con cara de extrañeza, pero ninguno me dice nada ni me devuelve un gesto arisco, todo lo contrario. Saludo a todos con una leve inclinación de la cabeza y el saludo me es devuelvo con una sonrisa. Doy tantas vueltas que acabo perdiendo la noción del tiempo. No sé dónde estoy, pero es fácil orientarse cuando todas las calles son rectas, así que no me resulta complicado volver a encontrar la avenida principal que da directamente a la estación. Falta una hora para que salga mi tren y al paso que llevo no voy a tardar mucho menos de eso, así que inicio mi regreso. Según me contaron los españoles, Kioto está celebrando su fiesta local. Son tres días y el centro se ha preparado a conciencia para ello. Es una lástima que tenga que irme, me hubiera gustado quedarme a verlo. Seguro que se trata de una de esas fiestas orientales de las películas, con dragones y fuegos artificiales. Sin embargo, no puedo permitirme perder otro día en Japón.


Al culo de Japón en Shinkansen

Llego a la estación con quince minutos de margen y con la ilusión de poder probar, por fin, el famoso Shinkansen, el tren bala japonés. Tiene sus propios andenes en la estación, así que no tengo más que seguir los carteles para llegar a donde tengo que tomarlo yo. Durante el tiempo que estoy allí esperando, pasan unos cuatro trenes y cada uno de ellos ha llegado exactamente a la hora que estaba prevista. No se han retrasado ni un minuto y de paso han parado exactamente donde dicen las marcas que deberían parar. En puntualidad, los japoneses no tienen nada que envidiar a los suizos.

Las dos horas del viaje no me saben a nada. Aparte de la velocidad que alcanza, la principal característica del Shinkansen es que apenas te das cuenta de que estás viajando en tren, lo cual puede resultar un tanto decepcionante para alguien a quien le encanta viajar en tren.

Llegamos a Hirosima a la hora prevista, por supuesto. Lo primero que hago es buscar la oficina de información turística ―que empieza a ser el último reducto donde poder comunicarme en inglés― y pregunto por la catedral de la bomba atómica, la A-bomb Dome. Para llegar allí solo tengo que tomar un tranvía en la puerta de la estación, así que en cuestión de media hora ya estoy allí. Hace tiempo que tenía ganas de visitar este lugar y ahora ya estoy aquí. Tengo poco tiempo para pasear por el resto de la ciudad por lo que me veo obligado a renunciar a lo demás y quedarme allí sentado en el suelo, mirando ese recuerdo vivo de lo que un país civilizado es capaz de hacer. Aun sentado en el suelo y con un calor que hace que no deje de sudar, me vence el sueño y durante unos minutos duermo. Me despiertan unos escolares que corren a mi alrededor haciéndome burlas. Pensarán que soy un vagabundo (y algo de eso soy, ciertamente).

Creo que tengo tiempo de sobra para volver, aunque el tranvía resulta tan imprevisible que no puedo fiarme. Finalmente consigo llegar por los pelos a costa de casi mearme encima.

Ya estoy dentro del tren y en dirección a Hakata. Este segundo viaje es aún más corto que el anterior y seguramente el último que haga en Japón. Una lástima teniendo en cuenta que tengo el pase válido para cinco días más, tiempo más que suficiente para haber explorado toda la isla de un extremo a otro, de una gran ciudad a un pueblo del este. Quizás en otra ocasión.

Cuando llego a Hakata presiento que no voy a poder tomar el ferry y me voy haciendo el cuerpo. No tengo claro por qué tengo ese presentimiento; quizás sea el caos de la estación, tan diferente de la estación de Tokio, o las obras o el ruido. Quizás sea solo una impresión, aunque no tardaré en descubrir que el último ferry salió hace una hora, y que el próximo sale a las ocho y media de la mañana del día siguiente. Para comprar el billete tengo dos opciones: hacerlo directamente en el puerto o hacerlo por teléfono. Las taquillas están cerradas a esta hora y prefiero no arriesgarme a comprarlo mañana por la mañana, así que decido llamar. Me bastan diez segundos de conversación para darme cuenta de que es imposible, que el inglés que hablan al otro lado del hilo no es suficiente. Si lo intento, lo mejor que puede pasarme es que me venda un billete para sabe Dios qué día o qué hora. La tercera solución que se me ocurre es recurrir a la chica de información turística, para ver si quiere hacerme las gestiones. Ella no puede, pero me indica que justo al lado, dentro de la propia estación, hay una agencia de viajes que puede ayudarme. Así es, por doscientos cincuenta yenes (menos de dos euros) me hacen toda la gestión y me cuentan todo el proceso que debo seguir: llegar una hora antes para el check in, pagar un impuesto en una de las máquinas, rellenar un par de formularios, etc. Me alegro de haber recurrido a ellos, de otra forma tenía muchas posibilidades de haberme quedado en tierra.

Con el billete en el bolsillo y el calor adherido al cuerpo de forma permanente y ante lo que nada pueden hacer los ventiladores de agua pulverizada de la estación de Hakata, solo me queda buscar donde pasar la noche. En la oficina de información turística solo pueden ayudarme con hoteles, demasiado caros para mi bolsillo, así que tendré que buscarme la vida por mi cuenta, aunque eso no debería ser ningún problema. Pregunto por un McDonald’s (da igual el idioma que hables, la gente te entiende si preguntas por un McDonald’s) y me voy allí a conectarme a su wifi. El año pasado conocí en un tren a Tanja, una danesa que decía que los McDonald’s son los baños públicos del mundo. Ahora también son los puntos de acceso a Internet del mundo.

Estoy dentro de un centro comercial, sentado en el pasillo más cercano al McDonald’s, donde he visto un enchufe necesario porque apenas tengo batería. Cuando ya casi estoy listo y voy a empezar a recoger, un policía japonés me dice que no puedo usar el enchufe y amenaza con detenerme. Todo lo dice en japonés, pero se hace entender bastante bien con señas, sobre todo con esa de cruzar los dos brazos a la altura de las muñecas con los puños cerrados, haciendo ver que puede ponerme unas esposas. Por fortuna, tengo batería para unos quince minutos, tiempo de sobra para encontrar un hostel y anotar la dirección, aunque no para hacer la reserva. Busco el hostel más barato de la ciudad y tengo la suerte de que solo está a unos diez minutos caminando desde la estación. Además, las indicaciones para llegar son tan precisas (ahora que entiendo como funcionan estas cosas en Japón) que llego en un abrir y cerrar de ojos. Durante el trayecto descubro que Hakata no es una pequeña ciudad costera, como imaginaba. Los magníficos edificios, las anchas calles y la cantidad de coches circulando lo desmienten.

Mientras entro, cansadísimo de estar todo el día con las mochilas a cuestas y después de un paseo de quince minutos, caigo en la cuenta de que ni siquiera he comprobado la disponibilidad de camas. No quiero ni pensar que no tuvieran sitio para mí. El chico que atiende en la recepción habla bien inglés, así que nos entendemos sin problemas. Tienen camas libres, pero solo de habitaciones individuales. Son un poco más caras, pero me viene bien, así puedo ordenar la mochila con tranquilidad. Además, la habitación tiene aire acondicionado, lo cual me vendrá muy bien para dormir; la humedad en Hakata es terrible. Por una vez, tengo tiempo para descansar. Tengo toda la tarde por delante. Las pocas ganas que tenía de salir de marcha me las quita el recepcionista cuando me dice que para ir a la zona de copas tengo que tomar un metro, lo cual me complica mucho la vida para volver de madrugada. Me quito las chanclas, me calzo uno de los muchos pares de zapatillas que el hostel pone en la recepción a disposición de los huéspedes y decido relajarme, ducharme, cenar algo (tengo hambre veinticuatro horas al día) y acostarme temprano.

Justo antes de irme a la cama tengo la posibilidad de probar uno de los famosos inodoros japoneses con control remoto. Por el bien de todos, no voy a entrar en detalles, pero puedo asegurar que, a poco que tenga una posibilidad, me comprare uno de ellos.

Cansadísimo y con la cara de tonto que se me ha quedado después de hablar con los amigos de Málaga, me meto en el sobre a dormir el sueño de los justos. He puesto el reloj a las seis porque a las siete tengo que estar en la parada de autobús que me llevará a la terminal del puerto internacional de Hakata, en pleno culo de Japón.

1 Hola, ¿sabes cómo se llama este templo?

2 Espera un segundo.