Insectos

Treinta y ocho y treinta y nueve. Una sola palmada me ha bastado para matar a estos dos. En el rato que llevamos parados he matado ya a treinta y nueve insectos. En los últimos dos días habrán sido cientos, pero no llevo la cuenta, claro. He probado a cerrar las persianas, la puerta, apagar las luces y a esconderme debajo de las sábanas, pero acaban entrando y dando conmigo.

Cuarenta.

Los hay de todo tipo: voladores y terrestres, grandes y pequeños. Los hay incluso con aspecto agradable; a algunos de ellos ni siquiera los había visto en mi vida. Todos corren la misma suerte: morir aplastados por mi mano implacable. Al principio me ayudaba de instrumentos como mis zapatillas o cualquier prenda que tuviera al alcance, pero hace ya tiempo que empleo mis manos desnudas. Son más efectivas, más certeras. Ya no me da asco el líquido negruzco que sale de sus tripas ni el polvo áspero que desprenden sus alas. No me afecta el crujido sutil de sus órganos al reventar.

Cuarenta y uno.

La lámpara está llena de ellos, que revolotean intentando acceder al foco de la luz, tropezando una y otra vez contra el plástico que recubre la bombilla. De vez en cuando se cansan y bajan a buscarme, sin saber que les estoy esperando con mis manos cargadas. No tengo otra cosa que hacer que matar insectos. Se ha convertido en el pasatiempo perfecto. «Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas» y no necesito saber la hora que es porque el tiempo ha dejado de regir mi comportamiento. Duermo veinte horas al día y las cuatro restantes las dedico a asomarme a la ventana, a matar insectos y a tratar de desenmascararme de una vez, de saber qué cojones estoy tramando sin saberlo.

Aquí amanece a las dos de la mañana, pero eso no me dice nada. Soy yo quien decide, subiendo y bajando las persianas, cuándo es de día y cuándo de noche. He dejado de comer; hace ya dos días que no lo hago. ¿Para qué? No necesito energía para dormir y menos para matar a estos pequeños hijos de puta que tratan de colarse por mis oídos para dejar huevos que se conviertan en larvas que puedan darse un buen festín a costa de mi masa cerebral. Van listos si creen que van a poder conmigo. Cuarenta y dos y cuarenta y tres.

El mecanismo de ejecución es sencillo. Los aplasto con mis dedos. Para algunos, los más grandes, debo emplear toda la palma de mi mano. Luego dejo que su cuerpo inerte caiga sobre la alfombra, cementerio improvisado, desde donde serán absorbidos por la aspiradora de Sacarino, que llega todos los días puntual a su cita. Los más grandes, sobre todo las enormes libélulas cuyas alas tienen el tamaño de un lápiz, las recojo del suelo asiéndolas por las patas y las dejo en la bolsa de la basura que cuelga a los pies de mi catre. Tengo ya una decena de ellas en la bolsa. Cuarenta y cuatro.

Ya es suficiente por hoy, quiero dormir un rato. No tengo sueño, pero no necesito tenerlo para dormirme. He encontrado un interruptor que hace que mi cuerpo pase a estado de reposo y que mi cerebro desconecte. No tengo más que pulsarlo para caer en un estado soporífero que enseguida deriva en un profundo sueño, en el que, no obstante, permanece un brazo de guardia que se encarga de matar mecánicamente a todos los insectos que se atreven a posarse sobre mi piel. Me desnudo y me meto debajo de las arrugadas sábanas. Hace frío, así que añado una manta que apenas me llega de los pies al pecho. Alguien decidió comprar mantas cuadradas, ideales para merendar en el parque, pero insuficientes para arropar a un hombre de ciento ochenta centímetros en las frescas noches del verano siberiano. Me coloco los auriculares aunque no pongo música (tengo que racionar las pilas que ya escasean). El único objetivo es impedir que alguno de estos malditos bastardos se atreva a entrar.

En cuestión de minutos estoy dormido. Casi podría decir el momento exacto en que caigo en el sueño; noto cómo viene y de pronto ya está. Es fantástico. Daría lo que fuera por mantener esa capacidad fuera del tren, pero sé que no será así. Sé que se trata de un súper poder que me ha sido concedido solo durante los seis días de trayecto, y lo acepto.

Algo altera mi sueño. En principio no sé qué es exactamente. Los días me han hecho inmune a todos los ruidos del tren y no hay nadie más en el vagón. Presto atención y puedo oír algo. Es un zumbido que proviene de mis pies, como un aleteo amplificado. Trato de no hacer caso y volver a dormir, pero no puedo. Mis sentidos se encuentran totalmente enfocados a detectar el origen de ese zumbido. Ahí está de nuevo. El corazón se me empieza a acelerar y la boca se me seca. No sé qué podrá ser. Tengo miedo a encender la luz, pero no me queda otro remedio. Saco el brazo de debajo de la manta, donde se encuentra seguro, y activo el interruptor. Nada fuera de lo común. El compartimento sigue exactamente igual que estaba antes de irme a dormir, exactamente igual que los dos últimos días.

Dejo la luz encendida y vuelvo a tumbarme, cuidando de mantener los ojos y los oídos bien abiertos. De nuevo el zumbido. Cada vez se hace más largo y continuo. Proviene de la bolsa de la basura que cuelga sobre mis pies. Me acerco con cautela y miro con atención. El plástico es semitransparente, de manera que pueden distinguirse las formas de toda la porquería que he ido acumulando. Hace dos días que Sacarino no la vacía, así que está a punto de rebosar. Ahí está, puedo ver el origen del zumbido. Son las alas de una polilla al rozar la bolsa. Es de las grandes, y por eso ha tenido el honor de acabar en la bolsa en vez de en la alfombra, como la mayoría. Está pegada al plástico, lo que hace que pueda verla con claridad. Tiene el cuerpo horriblemente deformado, con las tripas desparramadas. Aun así, de alguna manera consigue mover las alas en un vano intento de salir de ahí. Juraría que la maté hace más de un día. La recuerdo porque lo hice mientras dormía. Noté cómo se paseaba por mi cuello y fue aniquilada por un certero y mortal manotazo, que al tiempo agarró su cuerpo aplastado y lo dejó dentro de la bolsa. Apenas dediqué unos segundos a mirar a la víctima y admirar su tamaño antes de volver a dormirme.

Y a pesar de todo ahí sigue aleteando.

Le doy el toque de gracia destrozando lo que queda de su cuerpo con mis dedos pulgar e índice. Aun a través de la bolsa puedo notar la viscosidad de sus tripas frías. De nada sirve, sus alas siguen agitándose y provocando el zumbido. Ya están despegadas del cuerpo, así que cualquier acción que hagan mis dedos sobre este es completamente inútil. Me dispongo a terminar con las alas de una vez cuando escucho otro zumbido, un poco más agudo que el que venía escuchando hasta ahora. Tras ese, otro y otro. Ya son varios. Son tantos que se confunden en uno solo y continuo. Todos salen de la bolsa y todos están provocados por el aleteo de las decenas de insectos muertos que hay ahí dentro. Tienen tal fuerza que consiguen que la bolsa empiece a temblar. El tren está parado, pero la bolsa se mueve visiblemente. Me alejo en un gesto de miedo instintivo. Debería coger la bolsa y tirarla por la ventana, pero creo que es demasiado tarde. El instante de duda ha hecho que los insectos hayan empezado a salir, con sus alas tirando de sus deformes cuerpos y sus antenas dirigidas hacia mí. Mientras admiro aterrado cómo la bolsa vomita engendros voladores que hacen zumbar sus alas, puedo notar cómo algo sube por mis pies desnudos. Necesito hacer acopio de todo mi valor para atreverme a mirar y comprobar que los pequeños cadáveres de insectos que yacían sobre la alfombra han empezado a levantarse. Los que aún conservan las alas comienzan a usarlas para volar a mi alrededor y los demás trepan por mis pies, mis tobillos, mis piernas. Estoy paralizado por el miedo y no hago nada.

En unos minutos, mi cuerpo está lleno de insectos deformes. Me cubren por completo, de los pies a la cabeza. Sigo completamente paralizado y desconozco si se trata simplemente del miedo o es alguna sustancia que me haya sido inyectada por los aguijones de algunos de estos pequeños cabrones con sed de venganza. Sea como sea, nada puedo hacer más que mirar cómo me invaden. Si aún me mantengo de pie es solo por la fuerza que ejercen sobre mí, pues no tengo más control sobre mis músculos que el que tengo sobre las ruedas del tren donde voy subido. El pequeño ejército de monstruos deformes se afana en destrozarme. Creo que tienen como objeto descuartizarme y dejar mis restos tirados por la alfombra.

En el suelo, unos pequeños escarabajos voladores unen sus fuerzas para ir arrancando, una a una, las uñas de mis pies. Es necesario una docena de ellos para despegar la uña de la piel, aunque una vez dado el primer paso, el resto es fácil y solo requiere de un par de ellos. La uña del pulgar es un caso especial y son necesarios casi cincuenta escarabajos para sacarla. Incluso reciben la ayuda de un ciempiés que se tumba a lo largo del borde interior de la uña desde donde coordina los esfuerzos de los negros peones. Una vez sacadas las diez uñas, se lanzan a devorar la carne viva que ha quedado a la luz. Lo hacen con pequeños mordisquitos y en cuestión de minutos ya han llegado al hueso, que lamen con impotencia durante unos instantes antes de darse por vencidos y tomar la decisión de seguir mordisqueando piel y carne pie arriba. Han terminado con mis dedos y avanzan por el pie. Desde mi posición puedo ver cómo no tardan en acabar con toda la piel que recubre el pie y continúan el festín con los tendones y la carne que recubre los huesos. Casi resulta divertido ver mi flaco y amarillento esqueleto, limpio como una patena.

El dolor es blanco y brilla.

Mientras los escarabajos dan buena cuenta de mis pies, unas pequeñas moscas que se mueven a tal velocidad que apenas puedo verlas, se emplean en mis manos siguiendo la misma operación. Primero me quitan las uñas, que lamen entusiasmadas, y luego se encargan de devorar con ansia la piel y la carne. Creo que la carne pegajosa que queda justo debajo de la uña es la parte más sabrosa, porque se pelean entre ellas por alcanzar siquiera un bocado que las deje satisfechas.

Cada vez hay más bichos cubriéndome. Han encontrado un mecanismo para multiplicarse que consiste en dejar huevos en mi estómago, que cumple las condiciones ideales de oscuridad y humedad. Decenas de moscas entran por los agujeros de mi nariz y por mi boca para depositar centenares de huevos que no tardan en eclosionar. Luego, cada cierto tiempo, una mariposa que se ha situado sobre mi lengua, aletea, estimulando con ello mi campanilla, provocándome arcadas que dan como resultado un vómito vivo de insectos recién nacidos. La operación se repite una y otra vez, de forma que soy una fábrica que pare insectos sin descanso, los mismos insectos que inmediatamente se dedicarán a devorarme.

Mientras los escarabajos avanzan por las piernas hacia arriba y las pequeñas moscas hacen lo propio con los brazos, los mosquitos se dedican a perforarme los ojos. Lo hacen con sus pequeños aguijones y de forma sistemática. Una decena en cada ojo pincha y pincha sin que pueda hacer nada (el párpado, para evitar estorbos innecesarios, fue debidamente retirado al comienzo de las operaciones por una cuadrilla de tijeretas). Mientras los machos hacen agujeros, las hembras los usan para dejar huevos dentro del globo ocular, que ha sido secado. Acumulan dentro de mi ojo tantos huevos como caben y, en cuestión de minutos, cuando las larvas empiezan a salir reclamando su espacio, provocan la explosión de las esferas blancas. Las dos lo hacen casi al mismo tiempo, emitiendo un sonido sordo y apagado. Los nervios que han quedado colgando son ávidamente succionados por las hembras, mayores en tamaño a los machos y por tanto más fuertes. Chupan y chupan hasta dejarlos secos, momento en el cual se retiran, permitiendo a los machos terminar de devorar los hilos secos que crujen con cada mordisco. A partir de que mis ojos han reventado, las cuencas constituyen un buen punto de acceso al interior de mi cabeza. Se convierten en dos autopistas por donde circulan todo tipo de bichos, algunos deformes y otros recién nacidos de mi estómago.

En mi espalda, un grupo de arañas lleva tiempo bajando por mi columna vertebral, descosiendo la piel en cada vértebra y creando una especie de cremallera que va desde mi cuello al coxis. Creo que quieren usarla para desollarme de forma limpia, de la misma manera que me quitarían una camisa. Así lo hacen, pero requieren la ayuda de libélulas, cucarachas, langostas y otras especies voladoras. El espectáculo es formidable: cientos de bichos voladores asen mi piel y tiran, dejando mi espalda en carne viva. Tiran con tanta fuerza que acaban arrancando la piel de mis glúteos. A estas alturas, los escarabajos ya han devorado toda la piel de mis piernas y las moscas hace tiempo que terminaron con mis brazos, de forma que mi cuerpo está formado ahora por unas piernas y unos brazos de hueso, y un tronco que está siendo despellejado lenta y esforzadamente.

Mientras las especies voladoras repiten la operación con la piel de mi torso, unas minúsculas hormigas se han colado por las cuencas de los ojos, han llegado al cráneo y se han situado justo debajo del cuero cabelludo. Desde allí, succionan la raíz de mis pelos, devorándolos como si fueran fideos. Son tantas que apenas tienen un cabello para cada una de ellas. Cuando terminan con todos, y mi cabeza está lisa como una bola de billar, unos pequeños insectos verdes que se mueven a saltos atacan mi piel haciendo agujeros como los de un queso de gruyer. Los orificios se van sucediendo hasta que se unen unos con otros, dando como resultado la desaparición total de la piel.

Las hormigas, una vez terminaron con los cabellos, se pusieron inmediatamente con los pelos de la barba, cejas y orejas, dejando mi rostro impecablemente imberbe. Un ejército de lombrices se encargan de terminar con la piel y músculos de mi cara, dejándome con esa ridícula sonrisa que lucen los esqueletos.

Mientras tanto, los bichos voladores ya han terminado de desvestirme completamente, dejando que mis órganos resbalen y caigan por su propio peso a mis pies. El corazón, los pulmones, riñones, hígado, estómago e intestinos se mezclan de forma viscosa y son pasto de millones de pequeños insectos con sed de venganza. El estómago sigue unido al cuello y a la boca mediante el esófago, por lo que yo sigo vomitando enemigos sin parar. Todos parecen saber que no deben tocar ninguno de los órganos relacionados con la fábrica de hermanos, así que cuando terminan con todo lo demás, se dirigen directamente a mis genitales, un pequeño postre que apenas dura unos segundos. Cada vez son más bocas que alimentar y empieza a escasear la comida. Todo mi cuerpo se reduce ya a un esqueleto con cerebro (nadie se ha atrevido a tocarlo) y estómago conectado a la boca.

De repente, alguien da la orden y la fábrica deja de funcionar, ya son suficientes. Es un alivio dejar de vomitar. En un suspiro, mi estómago ha desaparecido y se halla repartido entre los estómagos de miles de pequeños malnacidos.

Soy un esqueleto con cerebro, y eso hace que se retiren todos, dando paso a una turba de enormes escarabajos del tamaño de pelotas de tenis, armados con firmes mandíbulas como tenazas. Con ellas empiezan a hacer crujir mis huesos, empezando por las falanges de los dedos de los pies y continuando con el resto del pie, tobillo, tibias y subiendo sistemáticamente. Usan las tenazas para hacer crujir el hueso como si fuera un marisco, dejando a la vista el tuétano viscoso, que es deglutido por la procesión de gusanos que sigue a los escarabajos y que se introducen por las grietas de mis quebrados huesos, haciéndome cosquillas con su gracioso reptar.

En tan solo unos minutos he quedado reducido a un cráneo apoyado sobre la alfombra azul de mi compartimento. Todos se han ido y pienso que todo se ha acabado cuando noto como una polilla se apoya en mí. Tiene el tamaño de una lechuza y ha introducido su larga y flexible trompa por mi nuca hasta alcanzar de lleno el cerebro.

Gora Euskadi, gora ETA ―parece decirme.

Empieza a sorber a intervalos regulares. Mientras lo hace, los escarabajos han vuelto con sus tenazas y han reducido mi cráneo a polvo, que es esnifado por un grupo de babosas que engordan visiblemente a medida que se van aspirando el blanco polvo. La polilla sigue sorbiendo y secando mi cerebro hasta dejarlo como una pasa del tamaño de una nuez.

Eso soy ahora, una nuez tirada en el suelo. Todos se han ido, me han dejado solo y a oscuras en el centro del compartimento. Paso así unos minutos inciertos hasta que la puerta se abre. Es Sacarino, que viene a pasar la aspiradora.