Domingo, 9 de agosto de 2009

A las cinco estoy en pie, tomando una ducha. Tengo el petate listo y la máquina de café preparándome un chute de cafeína. Me lo tomo con la calma del que tiene todo el tiempo del mundo. Mientras lo hago, llegan al hostel dos españoles con enormes mochilas. No tengo ganas de hablar, así que me hago el sueco y me limito a observar como el dueño del infecto garito les enseña su cama y les da las sábanas que yo acabo de dejar en el cesto de la ropa sucia.

―Menudo cabrón sin escrúpulos.

El café está rico y me anima a empezar mi paseo a la estación. Cuarenta y cinco minutos, los cronometré ayer, así que llego con media hora de adelanto. Control policial doble y al bus. Es pequeño e incómodo. Está lleno de chavales de instituto y chicas de grandes gafas de sol, caras alargadas y caderas bajísimas. Es una excursión, una especie de viaje de estudios a Eilat. El asiento que me ha tocado es el peor del autobús: el que está justo en medio de la última fila. Como he subido pronto, me pillo la ventanilla y me hago el dormido, ya se sabe. Lo que en principio era un truco para quedarme con una ventanilla se convierte en una larga cabezada.

Al despertar, el mar aparece a mi izquierda. Es azul y enorme, sigue estando precioso pero… ¿qué hace ahí? Si estamos viajando hacia el oeste, el mediterráneo debería estar a la derecha. Pregunto a uno de los chavales.

―¿Qué es eso?

―El mar Muerto.

―¡El mar Muerto!

Estamos viajando al sur, bordeando la frontera con Jordania (!). Ni siquiera sé dónde está Eilat y no puedo consultarlo porque alguien me ha robado mi atlas de bolsillo. Fijo que ha sido el capullo del dueño del hostel. Sea como sea, me pongo a darle vueltas al asunto y ahora las cinco horas previstas para el viaje me parecen demasiadas. Bien pensado, no hay tantos kilómetros desde Jerusalén hasta la frontera con Egipto, a no ser que vayamos al paso fronterizo del mar Rojo, muy al sur. Necesito poner en orden mis ideas, porque me invade la sensación de haberla cagado otra vez. Estoy siguiendo los pasos que un tipo puso en un foro de Internet y ni siquiera me he preocupado en comprobar si tienen sentido. Tendré que revisarlo ahora, aunque después de casi dos horas de viaje, ya es un poco tarde.

Solo necesito desperezarme un poco para que se me encienda la bombilla. Recuerdo que alguien me contó que el paso fronterizo entre Israel y Egipto por el norte pasa por la franja de Gaza. Eso quiere decir que, efectivamente, estamos viajando al sur, al mar Rojo, junto al paso fronterizo entre Jordania y Egipto. Estoy haciendo la ruta que, hace unos meses, estuve mirando con Teresa en los mapas de Google. Aquel día sentía vértigo solo de pensar que podría hacer ese trayecto a través del desierto. La confirmación de que estoy en lo cierto me viene cuando veo que, después de dejar el mar muerto, todo es desierto.

El viaje transcurre sin incidentes y llegamos a Eilat unos minutos antes de medio día, a la hora prevista. Se trata de una ciudad muy turística, una Benidorm montada de forma artificial en mitad del desierto (como definió con acierto Paco a Áqaba, la ciudad hermana de la parte de Jordania). Estamos justo en el punta del golfo de Áqaba. El mar Rojo siempre me ha parecido una mano haciendo la uve de victoria; nosotros estamos en la yema del dedo de la derecha. En ese punto confluyen las fronteras de Jordania, Israel y Egipto. El golfo es precioso e incluso puede verse Arabia Saudí en los días claros (como me contará un taxista posteriormente).

La estación de autobuses está llena de chavales. Van a pasarlo bien en esta ciudad llena de resorts, discotecas, playas y centros comerciales. Yo, por mi parte, tengo que tomar el bus de las doce al puesto fronterizo de Taba. Hace ya unos minutos que espero en el andén correspondiente (la chica de información habla inglés) y estoy asfixiado de calor.

―Te cagas, estoy en el mar Rojo.

El autobús llega y, mientras la gente sube, pregunto a una mochilera.

―¿Vas a Egipto?

―Sí.

―¿Tienes visado?

―No, para ir a la península del Sinaí no se necesita.

―Yo voy a El Cairo. ¿Sabes si lo necesito?

El tipo de la embajada egipcia en Jordania me dijo que no, pero no me fío. Paco y Laura dicen que no. Philip Seymour Hoffman me dijo que no.

―Sí, para El Cairo sí lo necesitas.

―No sé qué hacer.

Un tipo que espera en la cola se une a la conversación.

―No lo necesitas, puedes sacarlo en la frontera.

Vale, son todos ustedes de mucha ayuda, pero está claro que algunos hablan sin tener ni puta idea. Trato de recordar si, cuando pregunté en la embajada, puntualicé que me dirigía a El Cairo, pero no logro sacar nada claro. Lo que sí parece evidente es que para el territorio del sur, el Sinaí, no hace falta. Eso es lo que ha podido llevar a confusión a la mitad de la gente a la que he preguntado.

Entre dudas, llega mi turno de subir al autobús. Pongo el primer pie en la escalera (el izquierdo, siempre pongo el izquierdo. ¿Significa algo, doctor?) y me paro. Me tomo una fracción de segundo de reflexión y decido.

―Paso de subirme a este autobús.

Me doy la vuelta y busco un sitio tranquilo para tomarme dos minutos. Autobuses a Taba hay cada dos horas hasta las cuatro y son solo las doce. Me quedo a investigar un poco. En Eilat hay embajada de Egipto, lo sé porque Tyler lo sabe, así que lo mejor será que llame para asegurarme. Lo intento con Skype, pero me falla. Busco un teléfono público, pero son todos de tarjeta. Busco un sitio donde comprar tarjetas y encuentro una cafetería.

―¿Puedo hacer una llamada?

―Claro.

Tengo el número anotado en mi libreta (las notas del día antes) así que consigo hablar con ellos.

―Sí, necesitas el visado para ir a El Cairo.

Lo sabía.

―¿Puedo sacarlo hoy mismo?

―Si te das prisa, sí. Trae una foto y pasta.

―Estaré allí en un minuto.

Salgo pitando (y echando fuego, la tipa me ha cobrado diez shekels, unos dos euros, por cinco minutos de llamada local) a buscar un taxi. No tengo claro si tengo que regatear, porque esto parece una ciudad con cierto nivel, así que decido preguntar un par de veces. El primer tipo me pide cuarenta y cinco shekels.

―La embajada está muy lejos.

El segundo me pide veinte shekels. El tercero, con quien definitivamente regateo, me lo deja en quince shekels.

―La embajada está ahí al lado, llegamos en un segundo.

Un segundo después estoy en la embajada. Es una zona residencial donde no se oye ni un ruido. Cinco egipcios, sentados detrás de una reja, esperan que algo pase. Fuman. Cuando llego, se miran entre ellos para decidir a quién le toca levantarse, tarea del todo indeseable. Le toca a un tipo gordo y negro como el tizón.

―Me gustaría obtener un visado para ir a El Cairo. He llamado antes y me han dicho que se podría hacer hoy mismo.

―Son cien shekels.

No problemo.

Los cuatro tipos que fuman siguen mirando mientras el tipo gordo me da un formulario que tengo que rellenar. Se mueve muy despacio. Incluso el humo de los cuatro cigarros de los tipos de detrás de la reja se mueve de forma demasiado lenta. Descubro que estoy en una realidad paralela, donde el tiempo avanza despacio y me relajo. De fondo, suena la música de alguna fiesta de algún hotel: King Africa y las Ketchup.

Tres horas después, según la medida de la realidad de la embajada (diez minutos en la Tierra), tengo mi visado. Ya puedo entrar en Egipto. Salgo volando con la intención de llegar a la estación de autobuses antes de la una, pero por esa zona no pasa un alma, así que necesito un buen rato para encontrar un taxi. Acuerdo quince pavos.

―Por favor, dese prisa. Necesito tomar un autobús.

―No hay problema. ¿Dónde vas?

―A Taba, tengo que cruzar la frontera.

―¿A Taba? Está ahí al lado. Te llevo yo por treinta, así te ahorras ir a la estación y el lío del autobús.

―Buena idea. Tírale ―le digo después de hacer unas sencillas cuentas.

El taxista me cae bien. No ha intentado engañarme con el precio y me hace de anfitrión en la ciudad. La carretera a Taba va pegada al mar y me explica que lo que hay enfrente es Jordania.

―¿Ves la bandera? A ese lado está Egipto y al fondo Arabia Saudí.

El sitio es genial. Mataría por darme un baño en ese mar tan azul.

―Mataría por darme un baño.

―¿Y por qué no se lo da?

Gran pregunta para la que no tengo respuesta, así que callo. Entretanto, hemos llegado al puesto fronterizo, situado en pleno paseo marítimo. A diez metros, una bonita playa.

―Tiene usted razón. Me voy a dar un baño.

―Claro que sí, esta zona es muy bonita. Dese un baño.

―Del tirón.

No tengo ni idea de la hora a la que sale el autobús de la frontera a El Cairo, pero es la una y pico, hace un calor del demonio y tengo una playa preciosa a diez metros. Lo dicho, del tirón. Bajo una escalera de piedra con las mochilas a cuesta y me acerco al agua. El sitio está casi desierto, así que puedo cambiarme tranquilamente (en estos lares paso de bañarme en bolas) y saltar al agua tibia y transparente. Los peces de colores nadan entre mis piernas, erizándome los pelos al rozarme y el agua está tan buena que me quedaría el día entero. Una vez más, maldigo el modo de viajar que me oprime con la escasez de tiempo y el mínimo margen de maniobra (si hubiese revisado mis notas, sabría que el autobús a El Cairo salía a las cuatro y media, con lo que podría haberme quedado un par de horas más nadando y chapoteando como un niño).


Give me five, Valérie

Los trámites del cruce de la frontera son lentos, calurosos, aburridos y caros, pero con tiempo y una cartera, lo consigo. ¡Acabo de pisar mi quinto continente! ¡Give me five, Valérie!

El recibimiento ante tan importante evento no es precisamente el que tuvo la selección española cuando ganó la Eurocopa. A mí me espera media docena de moros de dientes amarillos tratando de llevarme al huerto para ir a El Cairo en una furgoneta por cien libras, cuando el autobús cuesta sesenta y cinco. Por algún extraño motivo (quizás el destino o mi buena estrella), después de lo currado que estoy en estas cosas, me dejo convencer por el colega. Le pagaré sesenta y cinco libras (el regateo fue fácil, aunque a cambio de la rebaja me dice que no le diga a nadie que le he cobrado eso, que si no, no podrá engañar a nadie) y me llevará directamente a El Cairo en su furgoneta, pero antes debo esperar a que haya más gente. Le digo que esperaré media hora y que si para entonces no estamos en marcha, me iré. Acepta a regañadientes (no le queda otra) y me busco una sombra donde esperar. Hace un calor exagerado y la gente entra en el país con cuenta gotas. La mayoría pasa de los moros, que es lo que debería haber hecho yo. En ese momento no tenía presente que el viaje a El Cairo es de casi seis horas a través del desierto del Sinaí. Y yo esperando para meterme en la furgoneta de Mohamed…

Me harto cuando veo a un hombre, de unos cincuenta, que carga con una maleta. Tiene buen aspecto, así que me acerco.

―¿Va usted a El Cairo?

―Sí.

―Yo también. Cuidado con lo que le cobran estos tipos.

―Gracias, pero no te preocupes, yo me voy en autobús. No me fío.

―¿Va a la estación?

―Sí, está a solo unos quince minutos caminando.

―Creo que me voy usted. ¿Le importa?

―Claro que no, encantado.

Me despido de mis ex-compañeros de viaje con la mano y paso de escucharles más. Lo cierto es que aún hoy sigo sin saber qué me pasó exactamente. Para cuando llegamos a la estación, ya nos hemos contado las líneas principales de nuestro viaje. El tipo se llama Philip y es suizo. Me recuerda a Fernando Vega, terrible profesor de álgebra de la facultad de informática, famoso por su altísimo índice de suspensos (se dice que, en cierta ocasión, su foto salió en una revista, en el tercer lugar del podio de profesores con mayor índice de suspensos). Vive en El Cairo desde hace ocho años y vuelve después de unos días fuera. Nos quedan dos pringosas horas de espera, aplastados en los sillones, bajo un calor sofocante, que tratamos de pasar bebiendo mucho y haciendo un picnic con la media docena de tarteras que trae Philip en su maleta. De fondo, saetas egipcias nos recuerdan que ya estamos en África.

Mientras comemos, llega Cristian, un amigo de Philip. Comparten casa en El Cairo y llega ahora porque tuvo problemas con el visado que le han retrasado un par de horas. Los tres pasamos charlando el resto del tiempo hasta que sale el autobús, con casi una hora de retraso. Philip ya ha hecho el viaje en otras ocasiones y me explica que el primer tramo de desierto es el peor. Por suerte vamos a hacerlo de día, porque de noche es muy peligroso y se producen multitud de accidentes al cabo del año. El autobús entra directo al top five de sitios inmundos en los que he estado, con su (familiar) hedor a meados. Al menos tiene aire acondicionado.

El viaje transcurre entre baches, carreteras de tierra y continuos vaivenes que casi acaban con mi cuello (días después aún me dolería). En determinados tramos, la oscuridad es total. Estamos en mitad del desierto y no hay ni una sola luz en cien kilómetros a la redonda, a excepción del candil que tiene el autobús como iluminación. Da miedo. Para terminar de dar el toque de surrealismo, nos ponen películas árabes a un volumen exagerado. Es imposible dormir entre los baches, el olor y el ruido, así que me resigno.

Mientras navegamos viento en popa, veo al fondo unas luces verdes. Es un control del ejército egipcio en mitad del desierto y en mitad de la madrugada. Nos hacen bajar a todos, sacar el equipaje del maletero y colocarlo en el suelo en fila india. Luego nos obligan a alejarnos. Nadie sabe lo que pasa.

Cuando ya están todos los petates debidamente colocados formando una fila multicolor, un soldado abre la puerta de atrás de su todo terreno para dejar salir a un perro. El pastor alemán enseguida se pone a trabajar, olisqueando una a una todas las mochilas. El soldado le hace dar hasta dos vueltas; cada vez que ha pasado por delante de mi mochila me ha dado un vuelco el corazón.

―Como al perro se le ocurra pararse, me muero de un infarto ―pienso.

No llevo nada que deba ocultar, pero hace ya semanas que dejé de preocuparme por si alguien me metía algo en la mochila (desde que descubrí que poner algunos candados de hojalata no servía para nada).

Un par de paradas más y, después de pasar bajo el canal de Suez, llegamos a El Cairo. Lo que se suponía que debía ser una estación de autobuses no es más que una marquesina en una carretera de las afueras. Allí nos bajamos casi todos. Son más de las once de la noche y yo me estremezco al pensar en lo que tengo por delante: buscar la manera de llegar al centro y ponerme a buscar alojamiento, llamando puerta a puerta. Cuando hice el plan, no podía imaginarme que el viaje de Jerusalén a El Cairo pudiera llevarme todo el día (están separados por tan solo cuatrocientos y pico kilómetros), pero el hecho es que es casi medianoche y estoy bloqueado, nada que ver con mi llegada a Jordania. Al verme tan perdido, Philip y Cristian son tan amables de invitarme a pasar la noche en su casa.

―¡Eso sería genial!

―No es problema, estamos encantados. Deja que haga una llamada.

Media hora después, vienen a recogernos. Es un muchacho egipcio, bajito y simpático, que nos ayuda con las maletas y nos lleva directamente a la casa. Es un viejo chalé de esquina en una exclusiva zona residencial (sin ir más lejos, como vecino tenemos a Hosni Mubarak, el presidente del país). El jardín es muy bonito y cuando entramos me encuentro con una casa decorada con estilo rústico, muy acogedora. En uno de los despachos ya han preparado una cama para mí. Tienen la habitación con las puertas cerradas y el aire acondicionado en marcha para que se mantenga a una temperatura fresca. No doy crédito a lo que me está pasando, no se puede tener tanta suerte.

Además de Philip, Cristian y el egipcio que nos recogió, en la casa vive una cuarta persona. Es Joseph, un libanés de cierta edad que se ha encargado de preparar la cena para los cinco: pasta, tortilla de calabacines, zumos, frutas, ensaladas, queso y todo tipo de cosas esperan sobre una enorme mesa.

―Cenemos. Debes de estar hambriento ―me dice Philip.

―Estoy que me caigo ―respondo.

Estamos más de dos horas cenando y charlando. Me doy una ducha y me voy a la cama.

―No tendréis Internet por casualidad ¿verdad? Me gustaría llamar a casa.

―Sí, tenemos una wifi. Apunta la contraseña.

Me tiro en el colchón tan cansado que apenas me entiende mi familia cuando hablo con ellos por Skype. Cuando cuelgo, me quedo un rato mirando al techo y pensando en lo afortunado que estoy siendo durante todo el viaje y en lo complicado que puede llegar a resultar esta aventura si no das con la gente adecuada. Creo que ha sido el único momento en que he sido realmente consciente de las implicaciones que tiene dar la vuelta al mundo sin apenas haber preparado el viaje. Por suerte, estoy tan agotado que me rindo al sueño y desconecto el cerebro. No es bueno pensar ese tipo de cosas a estas alturas. No quiero ni una duda.

En los dos últimos días puede resumirse la esencia de mi viaje: buscarme la vida de una forma casi extrema, conocer a la gente adecuada, vivir experiencias que de otra manera jamás viviría y gozar de la satisfacción de encontrar un sitio donde pasar la noche después de una larga jornada de viaje. Estos dos días también sirven como ejemplo de la suerte de estoy teniendo.

―Dios, ¿cómo se puede tener tanta potra?