Domingo, 5 de julio de 2009

Tengo dos opciones para salir de Santiago. La primera pasa por cruzar los dedos y esperar que remita el temporal y los autobuses puedan cruzar el paso los Libertadores para llegar a la ciudad de Mendoza, en Argentina. La segunda es coger un avión que me lleve directamente a Uruguay. Durante la tarde de ayer, Javier estuvo buscando y encontró un vuelo que salía a las tres de la tarde. No sé cómo agradecerle todo lo que está haciendo por mí.

La ejecución de la primera opción comienza por llamar a la terminal de autobuses. El tipo me dice que no saben si el paso está cerrado, pero que en cualquier caso ellos tienen órdenes de salir.

―Estupendo, lo último que necesito ahora es esa incertidumbre ―murmuro al teléfono―. ¿No puede darme la certeza de que pasaremos? Es importante para mí. Necesito una certeza ―le suplico.

―Solo puedo decirle eso, señor ―responde frío y con ganas de colgar.

Son las siete y pico de la mañana y el primer autobús sale a las siete y media. El segundo a las ocho y media. Tengo que decidirme. Si me subo al autobús y el paso está cerrado, la habré cagado; no tendré tiempo de coger el avión. Por otro lado, la opción de coger el avión implica renunciar a ir a Córdoba a visitar a mi familia, puesto que me llevaría directamente a Montevideo. Desde luego no estoy en las mejores condiciones para tomar una decisión importante.

Miro a mi alrededor tratando de buscar ayuda y solo encuentro a Carlos, «el Picasso del siglo XXI», tirado en el sofá fumando un cigarro. Trabaja por las noches, pero tiene problemas para dormir por el cansancio, así que suele quedarse a ver la tele un rato antes de irse a la cama. En la tele ponen Enemigo a las puertas y Ed Harris prepara su fusil de largo alcance. Pienso en la batalla de Stalingrado y la decisión se toma sola: iré en autobús.

Tengo que despertar a Javier para recoger mis cosas. Le anuncio que me largo en autobús y me pregunta si estoy seguro. Le respondo que sí y entonces me anima, me dice que todo saldrá bien, pero que si saliera mal solo tengo que volver a la casa y ya buscaríamos la forma de solucionarlo. Me vuelve a dar su número de teléfono, me prepara una bolsa con fruta, me da indicaciones de cómo llegar al metro, incluso me da dinero suelto para el billete. Me acompaña a la puerta a pesar de estar tiritando de frío. Acabo de interrumpir a este hombre mientras estaba en su habitación con dos mujeres; le saco de la cama semidesnudo mientras estamos a cero grados y todo lo que obtengo de él son atenciones y más atenciones. Me ha preparado una bolsa con fruta para el viaje, por el amor de Dios.

―Lo de la fruta son cosas de mi madre, que ha acabado por inculcármelo ―me dice con los ojos pegados.

Con un abrazo y un beso trato de hacerle ver todo mi agradecimiento, pero estoy seguro de que no soy capaz, cómo iba a serlo. Salgo y encuentro la parada de metro. Es domingo y no abren hasta las ocho, así que tengo diez minutos de espera. En la puerta aguardan unas veinte personas, casi todas comiendo las tortillitas fritas que vende un puesto ambulante cercano.

Tengo ganas de vomitar.

Mientras espero me doy cuenta de que no tengo ni idea de la parada a la que tengo que ir. La inexistencia de una mínima organización en mi forma de comportarme hace que me base en objetivos a corto plazo sin mirar más allá. El último objetivo era llegar a la parada de metro y aquí estoy, pero ahora necesito el siguiente. Pregunto a un tipo, que trata de explicarme sin éxito: no le entiendo una palabra. Habla demasiado rápido y se explica como el puto culo. ¿Acaso no ve que soy español y estoy más perdido que un pulpo en un garaje? Por fortuna, hay una chica que sí lo ha visto y se ofrece a ayudarme.

―Yo me bajo una parada después de la tuya. Vente conmigo y te indico. Es fácil, solo hay que hacer un trasbordo y nada más ―me tranquiliza.

―Gracias. ¿Crees que puedo llegar con tiempo de tomar el bus de las ocho y media? ―le pregunto.

―Solo tardaremos quince minutos.

Tengo suerte y el guardia de seguridad abre las puertas cuando aún faltan cinco minutos para las ocho. Salgo corriendo hacia la taquilla porque no quiero hacer que se retrase la chica amable, que no necesita perder el tiempo comprando el billete porque usa un bono.

―Un boleto, por favor ―le pido al taquillero.

―La taquilla no abre hasta las ocho, señor. Faltan tres minutos.

Miro mi reloj que marca las ocho y dos minutos. Mi reloj anda cinco minutos adelantado. Me quedo callado y mirándolo. El taquillero está sentado frente a mí y me mira. No hago nada, no hace nada. La chica amable espera y detrás de mí se ha formado una pequeña cola de gente silenciosa. Pasan tres minutos de silencio.

―¿Qué desea señor? ―pregunta el taquillero.

―Un boleto, por favor. Aquí tiene. Gracias.

El traslado dura, como predijo la chica amable, quince minutos. Durante ese tiempo nos hemos hecho tan amigos que ella me ha regalado sus guantes en previsión de que pueda quedarme atrapado en las nieves de los Andes. Yo no tengo regalos para corresponderle, así que le escribo una postal que le pido que no lea hasta que no llegue a casa.

Necesito otros quince minutos para encontrar el autobús, pero logro subirme justo a las ocho y media.

El olor a ambientador me está provocando náuseas y estoy convencido de que no voy a poder aguantar mucho tiempo sin vomitar, sobre todo teniendo en cuenta que por delante tengo una carretera de montaña llena de curvas. Este sería un buen momento para poner en orden las ideas, para trazar un plan y anotar todo aquello que no puedo olvidar hacer, pero lo único que me pide el cuerpo es reclinar el asiento y poner la canción. Pienso en la chica del sofá. Anoche hablamos de tantas cosas que hoy no puedo creer que hablásemos de tantas cosas.

Alguien me despierta para ofrecerme un café. Mientras me lo tomo compruebo que solo han pasado cinco minutos desde que salimos. Está calentito y dulce. Estoy seguro de que mi buena estrella hará que pasemos. En dos horas llegamos a la oficina de la policía en la que quedamos atascados el día anterior.

Pasaremos.

Somos el único autobús y las cunetas están llenas de camiones.

Pasaremos.

Paramos y pasan los minutos.

Pasaremos.

Nadie se baja del autobús y espero que en cualquier momento suba alguien y nos diga que debemos darnos la vuelta.

Pasaremos.

Subo el volumen del mp3 y me hundo en el sillón, no quiero saber nada.

Pasaremos.

Pasamos.

Detrás de una colina que superamos con facilidad, la cordillera de los Andes. Una carretera zigzaguea como una costura con revueltas numeradas y se pierde en la niebla que cubre la cumbre. La fila de camiones va desde la cima del paso hasta nosotros. Kilómetros de carretera llenos de camiones de colores. Por suerte, alguien hace una indicación al conductor y este empieza a adelantarlos a todos. Pasamos por delante de tantos vehículos que pienso que si tuviésemos que esperarlos a todos hubiésemos llegado a la frontera coincidiendo con la llegada del hombre a Marte.

Después de flotar sobre las nieves del paso los Libertadores presenciando unos paisajes de dibujos animados, llegamos a la frontera. Mi pasaporte se ha roto. Las tapas de han despegado del resto de hojas y el funcionario de Chile no quiere dejarme salir.

―Un documento deja de ser oficial si está roto ―me explica.

Trato de convencerlo y accede a hablar con la parte de Argentina.

―Si a ellos les parece bien dejarte entrar, nosotros te dejamos salir.

Todo va bien. Puedo pasar, pero antes revisan mi maleta bolsillo a bolsillo. Incluso me abren la bolsa de la ropa sucia y revisan calcetín a calcetín. Yo he bajado del autobús en manga corta y me estoy helando, así que no paro de dar saltitos como un yonqui con mono mientras tres tipos con mascarilla revuelven mis calzoncillos usados. Terminamos al fin y todos suben al autobús mientras yo trato de ordenar mi mochila lo mejor que puedo. Llevamos un ligero retraso, pero la carretera de la parte de Argentina es más benévola, así que recuperamos terreno y conseguimos llegar a Mendoza a las tres y media. Allí no tengo nada que hacer más que sacar un billete para Córdoba lo antes posible. El primer autobús es a las seis y media, así que tengo algunas horas para tratar de descansar.

Mientras pierdo el tiempo de la mejor manera que puedo, descubro que en Argentina tienen una hora más, así que en realidad he llegado a las cuatro y media: solo tengo dos horas y no tres. He tenido suerte de oír a alguien preguntar la hora.

El autobús de Córdoba es viejo y yo tengo el peor asiento. Lo he elegido con toda la intención. Junto al mío está el segundo peor asiento, así que será el último en ser asignado. Si el autobús no se llena, disfrutaré de dos asientos para dormir. Si se llena, sufriré el asiento más estrecho de todos. Confío en mi suerte y me favorece a medias. Logro dormir hasta las cinco de la mañana, momento en que un militar me despierta para reclamarme su sitio. No está mal, he dormido un par de horas en total.

A las siete y diez, diez minutos después de lo previsto y con cincuenta horas de déficit de sueño, llego a Córdoba, Argentina.