Domingo, 28 de junio de 2009

Amanece. He conseguido dormir un poco, o al menos eso creo. Solo tengo vagos recuerdos de la noche anterior. Recuerdo haber pasado por un pueblo amarillo lleno de borrachos que gritaban. Recuerdo gentes sentadas en los arcenes de la carretera, recuerdo viejas vendiendo maíz.

La luz hace que me escuezan los ojos y me obliga a arrugar la cara. El decorado ha cambiado con respecto a los últimos días de viaje: se ha acabado la vegetación, se ha acabado la jungla. El autobús sigue avanzando por carreteras estrechas y onduladas, pero a los lados aparecen colinas cubiertas de alfombras verdes. Apenas hay árboles y el tablero verde está salpicado de granjas de vacas, huertos y cerdos. Me recuerda a Suiza; Valérie está de acuerdo.

La carretera sube y sube; buscamos Ipiales, última ciudad de Colombia antes de la frontera con Ecuador. El autobús casi no puede con sus sesenta almas y necesita desconectar el aire acondicionado para tratar de subir las empinadas cuestas. Hace calor.

Ipiales no está lejos de Medellín, pero el trayecto es largo por mor de las asiduas paradas que se ve obligado a hacer el autobús para recoger nuevos pasajeros.

Mateos es un ex-militar que se ha sentado a mi lado. Es temprano y seguramente habrá tenido un buena noche porque tiene ganas de hablar. No le importa que tenga los auriculares puestos y la gorra calada hasta las cejas, Mateos quiere saber de dónde soy. Obligado por el buen trato que he recibido en este continente desde que vine, me deshago de la música y la gorra negra y le doy palique. Tiene mucho interés en España. Se apresura a decir que estuvo en Madrid y en esa otra otra ciudad que tiene playa, Barcelona. Estuvo en misión de la ONU en Israel y paró de paso en España. Parece querer impresionarme, pero no tengo cuerpo para nada. Respondo como un autómata de sonrisa forzada. Me pregunta por «la rubita», a la que relaciona conmigo a pesar de estar sentada una fila por delante. Veo la oportunidad de quitármelo de encima y echárselo a Valérie (sé que no está bien, pero estoy desesperado). No funciona y vuelve a la carga.

El autobús se avería y doy gracias a Dios. Se ha detenido en mitad de una cuesta y el conductor ha tenido que parar el motor. Por más que intenta arrancarlo, no puede. Bajo de un salto y respiro aire puro. Estoy rodeado de campo y fuera hace fresco, pero no quiero volver al autobús; quiero quedarme allí fuera, viendo vacas y respirando aire fresco. No quiero tener que respirar el ambiente viciado y el olor a vómitos del autobús, no quiero volver a escuchar la voz de Mateos.

―¡Amigo! ―me grita el conductor―. ¿Sube o nos vamos sin usted?

Arrastro los pies hasta mi asiento y sonrío a Mateos. Por fortuna, la buena estrella que me vaticinó Michelle vuelve a funcionarme y Mateos no tarda en bajarse. Me estrecha la mano y se presenta; me desea suerte. Se baja. Adiós.

El asiento de Mateos lo ocupa Juliana, una flaquita. Tiene doce años y carita de viva. Pecas, ojos miel y dos pendientes de ositos. Tiene el gesto serio y desconfiado, pero da gusto oírla hablar.

―Ese señor hablaba mucho ¿verdad?

―Muchísimo ―le respondo con una sonrisa natural.

―A mí no me gusta mucho hablar así que si quieres puedo callarme, no me importa.

―Hablemos, pero poco. ¿Te parece bien?

Juliana asiente. No volvemos a decir nada en un rato, pero noto que me mira con ganas de iniciar una conversación. También noto que se ha fijado en mi mochila, cuyos parches le han llamado mucho la atención. No digo nada, le dejo a ella la iniciativa.

―¿Dónde vas? ―dice al fin.

―A Ipiales.

―Yo también. ¿Vas a cruzar a Ecuador?

―Sí. ¿Y tú? ―le pregunto dándole libertad para entrar hasta la cocina.

―Yo voy a reunirme con mi familia. Viajo con mi mamita y mi hermanita. Allí me espera mi otro papito. Yo tengo dos papás ¿sabes? Uno en Colombia y otro en Ecuador. He pasado quince días con el de Colombia, pero ahora voy a Ecuador. Mi papito de Colombia ha tenido que firmarme un permiso para salir del país porque sin ese permiso no podría irme. Tengo muchas ganas de llegar porque allí tengo a mi abuelita, a dos primitos y a uno en camino. Solo estaré dos semanas, porque ya pronto empiezo el colegio de nuevo. Este año solo he tenido un mes de vacaciones porque mi mamá dice que tiene que trabajar y no puede cuidar de mí, así que tengo que volver a la escuela antes.

Recibo toda esta información llena de diminutivos (que no resultan empalagosos de boca de Juliana) con interés. El tono de voz en el que habla es como un masaje con aceites aromáticos. Habla tan bajo que me cuesta escucharla, pero ha logrado captar mi atención. Me explica todo su plan de viaje y cuando llegamos a Ipiales se despide, pero me asegura que volveremos a vernos.

―Seguro que volveremos a vernos, ya verás.

―Seguro.

Ipiales, como los últimos pueblos que hemos cruzado, se dedica a la ganadería y la agricultura, aunque ser la última ciudad antes de la frontera le permite incorporar ciertos servicios propios de turistas, como taxis, colectivos y algo de venta ambulante. Hace fresco. Según me ha comentado Juliana, desde Ipiales al puesto fronterizo hay tan solo unos minutos pero el camino no se puede hacer andando, es necesario tomar un taxi. Lo más barato es compartir un colectivo, que no es más que un minibus que el conductor va llenando hasta completar. Solo nos cuesta algunos centavos y allí nos encontramos con las dos alemanas de Medellín.

El fresco de la montaña nos ha venido bien a todos, así que iniciamos una conversación trivial. Valérie y yo tenemos más experiencia y, aunque es la primera vez en Ipiales, nos movemos bien. Llevamos la iniciativa en la gestión del papeleo del lado de Colombia. Una vez obtenido el sello colombiano, cruzamos a pie un puente que nos deja en territorio ecuatoriano. Empleamos el poco dinero colombiano que nos ha sobrado en comprar bombones y golosinas, alegrándole con ello el día a la pobre vieja que las vende, que incluso se pone nerviosa al ver que los extranjeros van a dejarle unos cuántos dólares.

Repartimos las chucherías entre las agradecidas alemanas y la familia de Juliana, a quien volvemos a encontrar en la aduana ecuatoriana. Me sonríe desde el fondo de la cola.

Una hora de espera rellenando formularios y soportando con paciencia la parsimonia de los funcionarios y tenemos todos los papeles en regla. El autobús que nos debe llevar a la capital sale de Tulcán, un pueblo cercano, pero de nuevo debemos tomar un taxi. Sandra y Carmen, las alemanas, deciden quedarse en la frontera, así que seguimos Valérie y yo solos. Con ella he mejorado mi técnica de acordar los precios de los taxis antes de usarlos y a regatear. Consigo un buen trato y damos con un taxista honrado.

Tulcán es un pueblo que se encuentra a más de tres mil metros de altitud. El taxista es simpático y nos deja en la terminal de autobuses, donde sacamos el boleto. Tenemos aún una hora por delante y estamos hambrientos. Decidimos buscar un supermercado y en unos instantes montamos un picnic en un parque cercano. Compramos pan, pasteles, dulces, atún, champiñones y cien cosas más. Valérie aporta su navaja suiza y montamos unos bocatas espectaculares. Me gusta la cara que pone cuando le ofrezco algo de comer ―algo que intuyo que le va a gustar― y acepta.

―¿Quieres una magdalena?

―Creo que sí ―dice después de un segundo que ha empleado en subir las cejas y abrir mucho sus ojos claros.

Hace un rato que ando enredando con la lengua en mi muela. Antes me he comido un guayabo demasiado verde y creo que me he hecho daño. Me duele y tengo la impresión de que se me ha caído un viejo empaste.

―Estos empastes suelen durar unos veinte años ―dijo el dentista mientras me enjuagaba la boca.

―Muy bien ―respondí despreocupado.

Han pasado diecinueve años y aquí estoy, en la frontera de Colombia con Ecuador con un empaste caducado y un dolor de dos pares de cojones que trato de disimular para no preocupar a Valérie.

El autobús parte con una hora de retraso porque el conductor decide esperar a que se llene. Imagino que el beneficio es mayor y nadie se queja si no se cumplen los horarios. La última en subir es Juliana, cuya cara se ilumina cuando ve que queda libre el asiento que hay junto a Valérie. Ambas están encantadas y yo me paso medio viaje vuelto de espaldas charlando con las dos y compartiendo dulces y fruta. Somos una pequeña familia circunstancial.

El autobús se adentra en Ecuador con paso titubeante. No pasan diez minutos sin que paremos, bien sea para recoger a pasajeros o para subir ―y luego bajar― a vendedores ambulantes que nos ofrecen desde caramelos a colecciones de películas infantiles en DVD.

Nunca dejamos la carretera de montaña y del aire acondicionado ya no queda ni rastro. Afortunadamente, las ventanillas del autobús se pueden abrir, y es gracias a estas rendijas clandestinas que logramos sobrevivir.

Por el asiento que queda libre a mi lado desfila un ejército de personajes, que concluye con Hilda, una vieja que vende flores y que rezará por mí, porque todos debemos creer en Jesús, que es quien nos cuida. Porque si no nos cuida Jesús, entonces ¿quién? Cada vez que dice esto pienso en Zaly y en las historias que nos contaba sobre la evangelización de los conquistadores de América.

La última parte del trayecto la hago pegado al cristal. Desde hace un buen rato no dejamos de subir y subir por los Andes, así que hemos llegado a una altura desde la que se pueden admirar unas vistas magníficas. Hondos valles, altas montañas y la carretera llena de coches que se mueven uniformemente como hormiguitas. Está anocheciendo y se nota que entramos en una gran ciudad porque a estas alturas ya conozco de memoria el decorado de un extrarradio.

Quito me parece enorme; tiene millón y medio de habitantes repartidos por miles de casas que se aguantan con uñas y dientes, enganchadas a las faldas de las montañas que rodean la ciudad. Es como una manta de picnic que levantásemos del suelo tirando de las cuatro esquinas. En el centro del valle, la terminal de autobuses.

―Valérie, acabo de darme cuenta de que no he tomado biodraminas para este viaje.

―¿Cómo estás?

―Estoy bien, no me he mareado.

―En este viaje que estamos haciendo podemos permitirnos no comer y no dormir, pero no podemos permitirnos marearnos y vomitar. Es algo que, sencillamente, no nos podemos permitir; sería el fin.


Los caminos del sol

La primera sensación que tengo cuando piso Quito es un intenso y dulzón hedor a orina. No hay más que echar un vistazo para darse cuenta de que los alrededores de la terminal de autobuses (y la propia terminal como descubriremos más adelante) son zona de guerra. Hilda ya me había advertido de que lo primero que tendría que hacer es subirme a un taxi y pedirle que me llevara a la zona del casco histórico, pero Valérie y yo preferimos quedarnos en cualquier sitio cerca de la estación. Mi intención es salir mañana temprano, así que quiero algo ágil, una cama de usar y tirar.

Pregunto a un policía por un lugar donde pasar la noche y me comenta que cruzando la calle está el hostal «Los caminos del sol» (cuando oigo el nombre se me viene la cabeza «sendero luminoso» y trato de ubicarlo en un país centroamericano sin conseguirlo).

―Pide que te alojen en el segundo piso ―me dice a modo de posdata―. Es más seguro.

Yo asiento mientras trato de imaginar de qué forma puede ser insegura la primera planta de un hostal, aunque decido que no quiero hacerme ninguna idea. Valérie ha ido por las mochilas y cuando vuelve le cuento lo del hostal. Le parece bien y nos encaminamos allí. Las vueltas que tenemos que dar para cruzar la calle dicen mucho sobre la caótica organización de la terminal, pero al final logramos plantarnos en la puerta (antes tenemos que pasar por encima de un grupo de yonquis que fuman heroína en el camino que lleva a la recepción).

―¿De dónde eres rubita? ―trata de decir uno con voz gangosa.

―De Suiza ―responde Valérie sin mirarle siquiera.

―Hola guapa, yo me llamo Mono ―añade de forma cortés.

Como la mayoría de los garitos que visité en Centroamérica, el hostal nos recibe con una reja y un candado. Llamamos al timbre ―que activa una horrible música que me joderá cien veces durante la noche― al que acude una vieja vestida de negro que nos invita a pasar. Del hedor de la orina hemos pasado a un intenso olor a humedad. No es solo un pestilente olor, es algo más. La humedad se percibe con los cinco sentidos. No es la humedad de un país tropical, es la humedad de las mazmorras de un castillo medieval.

Regateamos el precio y una chica con aspecto de chico y cara de ningún amigo nos conduce de mala gana a nuestras habitaciones. Están en el segundo piso.

Mientras nos movemos por los pasillos buscando nuestros números me cruzo con al menos dos «travelos», aunque sospecho que son más. Mi habitación es la D3, puerta de reja de hierro fundido y cristal de colores que se intuyen debajo de la capa de tierra. La cerradura está oxidada, pero con maña se abre sin problemas. Al abrir, dejo salir una bolsa de aire corrupto y nauseabundo que me estalla en la cara y casi hace que vomite. Tengo que toser para evitarlo. Entro y me encuentro en el que sin duda es el peor lugar en que he dormido o dormiré en mi vida. Escojan cualquier chabola, caseta de perro, gallinero, corral o pocilga del mundo y les aseguro que no será peor que el sitio que tenía ante mis taponadas narices.

Ante mí, una celda de cuatro paredes desiguales y llenas de mugre. Cuatro esquinas decoradas con hermosas telarañas blancas, tejidas con paciencia de semanas. Un suelo negro y pegajoso donde ni siquiera me planteo apoyar la mochila, que ha estado tirada por todos los suelos de América. En el centro del cuadro, una cama medio hundida y dura como una tabla de madera, cubierta por una manta llena de polvo que baja dos tonos el verde que algún día tuvo. En la cabecera, una minúscula almohada llena de suciedad que me hace jurar por Dios que no apoyaría la cabeza ni por todo el oro de los mayas. El baño es indescriptible y parece el decorado de una película de terror.

He quedado con Valérie en que nos daríamos una ducha rápida y bajaríamos a enviar unos correos, así que lo dejo todo de cualquier forma y me meto en la ducha, cuidando de que ninguna parte de mi cuerpo entre en contacto con nada de esa habitación. La ducha es una tubería suspendida de la pared y, a pesar de haber dos grifos, uno azul y otro rojo con la letra C pintada con spray, el agua sale muy fría.

―El grifo azul es la fría, y el grifo de la C es fría de cojones ―pienso mientras me castañetean los dientes.

Mientras me estoy vistiendo, llega Valérie, que no puede creer que pueda existir una habitación peor que la suya. La ducha le ha sentado bien, tiene el pelo mojado y está muy guapa. Está realmente radiante.

―Yo pienso dormir en mi saco. Ni loca tocaría esas sábanas.

Bajamos a un locutorio que hemos visto mientras buscábamos el hostal, revisamos nuestros correos y pagamos a un niño con bigote de pelusa a quien pedimos que nos recomiende un lugar para comer.

―Por aquí hay muchos sitios ―nos dice con cierto desdén.

Tiene razón, y encontramos al menos cinco sitios donde poder sentarnos a cenar algo. Son casi las nueve, por lo que hace ya tres horas que es de noche. Antes de comer, le pido a Valérie que vayamos a solucionar mi billete a Lima del día siguiente y accede encantada. Bajamos a la zona de ventanillas de la terminal de Cumandá y me encuentro ante un espectáculo que no había visto en mi vida. Decenas de hombres, niños y viejos cantan nombres de ciudades. Son los puntos de destino más comunes y aquellos que están en las rutas de mayor número de empresas. Es una especie de mercado en el que, en vez de cantar el precio del pescado, se cantan nombres de pueblos.

―¡Lago, Lago, Boca, Lago! ―grita uno arrastrando la última letra.

―¡Puerto de Quito, los Bancos, Santo Domingo, los Bancos, los Bancos! ―grita otro.

―¡San Lorenzo, Esmeralda, Esmeralda, Esmeralda, San Lorenzo, Esmeralda! ―grita un tercero.

―¡Agüitas aromáticas, chocolate, café, café, café! ―chilla una mujer.

Nuevamente nos zambullinos en un universo de desconcierto donde nos encontramos rodeados de cien subastadores que no dejan de gritar, vendedores ambulantes de productos absurdos, puestos de venta de todo y todo mezclado con la gente que avanza arriba y abajo con sus enormes bolsos a cuestas. Tratamos de aislarnos de esta demencial situación y buscamos la ventanilla de Panamericana, la empresa que alguien nos ha recomendado. Pregunto por la hora de salida y me dicen que a las seis de la mañana del día siguiente. Eso significa que no pasaré en Quito más de unas horas en un mugriento hostal. Por algún motivo no saco el billete y le digo a Valérie que vayamos a cenar.

El lugar donde cenamos es un local amplio y desierto. Un letrero, que debió ser luminoso en algún momento, nos enseña la carta, compuesta principalmente por platos combinados y hamburguesas. No ha hecho falta más que detenernos delante de la puerta a leer el menú para que el camarero se haya levantado como un resorte y se encuentre frente a nosotros invitándonos a entrar. Habla tan rápido que apenas le entiendo, así que estoy seguro de que Valérie no lo hace. El camarero es un tipo gordo y bajo, de pelo grasiento y camisa blanca llena de lamparones que hacen juego con el resto del local.

―Después del hostal y del local de Internet, ahora no vamos a cambiar de estilo ¿no? ―me dice Valérie.

―Por mí vale ―le respondo.

Nos pedimos el combo especial del local, entre otras cosas porque cualquier intento de pedir otra cosa ha fracasado. Tratamos de hacerle entender al camarero que no queremos la Coca-cola que incluye el plato, que preferimos un zumo natural y que pagaremos lo que haga falta, pero no hay quien lo mueva de su sitio: el combo incluye una Coca-cola o un agua aromática y eso es lo que hay. Nos decidimos por las aguas aromáticas, para descubrir con sorpresa que no son más que infusiones que acabará tomándose Valérie.

Comemos poco porque nos da asco. Encontramos el pie de un gallo en el caldo ―con lo que bromearemos el resto del tiempo que estaremos en Quito― y no acabamos de atrevernos con la ensalada. Entretanto, las calles se han ido quedando vacías, así que nos largamos al hostal.

De camino, pasamos por delante de una parada de taxis y al verlos se me ocurre preguntar a uno de ellos si conoce algún autobús que vaya directo de Quito a Lima. El de Panamericana solo me deja en la frontera con Perú, donde tendría que buscarme la vida. Me cuenta que hay una empresa, Orteño, que hace enlaces directos, pero que no opera desde Cumandá, que tiene su propia terminal al norte de la ciudad. Según nos dice, tiene salidas a las cuatro de la mañana.

Aprovechando que no he sacado el billete aún, decido cambiar de planes y coger el Orteño. Según mis cálculos, será suficiente con levantarme a las tres, bajar y coger un taxi que me lleve a la terminal de Orteño y de ahí directo a Lima. Me despido de Valérie con mucha pena y un abrazo largo y estrecho. Nos deseamos suerte y juramos que volveremos a vernos.

Preparo mis cosas para el día siguiente y me meto en la cama vestido, sin siquiera quitarme las zapatillas. Antes he forrado la almohada con una camiseta sucia para poder usarla. Solo espero que no haya pulgas o chinches.


Noche de perros

Las tres están a la vuelta de la esquina, y no necesito el despertador para ponerme en pie. Me levanto de un salto y salgo sin lavarme la cara. Bajo y despierto a la casera para que me abra la reja. Llego a la parada y pido que me lleven al terminal de Orteño. Tres taxistas empiezan a discutir sobre el sitio donde está esa terminal y ninguno parece tenerlo claro. Se gritan entre ellos y cada uno me dice que no haga caso a los demás, que es él quien sabrá llevarme. Al final me decido por uno, el que más insiste, aunque me arrepiento nada más subirme al coche.

El taxista es un tipo con aspecto de cama sin hacer, con los ojos casi cerrados y ojeras que le cubren toda la cara. Tiene restos de espuma blanca en la comisura de los labios y apesta a alcohol. Arrastra las palabras de tal manera que no consigo entender ni la mitad de lo que dice. Al minuto de salir me queda claro que no tiene ni puta idea de dónde está la terminal de Orteño. Son más de las tres y media y las calles están desiertas. Se salta todos los semáforos y da algunas vueltas antes de llevarme a una calle y detener el taxi en una parada de autobús urbano.

―Aquí es ―me dice.

―Aquí no hay nada ―respondo espantado.

―Aquí es, jefe. Usted quería venir a Orteño y aquí es.

―Pero si aquí no hay nada ―vuelvo a responder, aunque ya sé que no servirá de nada con el borracho―. Ni autobús, ni sitio donde comprar el billete, ni gente ni nada.

Él se ha bajado del taxi y pretende que haga lo mismo, pero me niego, por supuesto. No pienso quedarme allí solo y así se lo hago saber. Después de tratar de razonar con él y de pedirle que busquemos la forma de preguntar a alguien que sepa llegar al lugar, me rindo ante la evidencia: me ha engañado. Le pido que me lleve de vuelta al hostal, pero me dice que eso me costará cinco dólares más (el billete de ida lo acordamos en cuatro después de mucho regatear). Volvemos a regatear, aunque ahora él tiene la sartén por el mango y no se baja del burro. Yo empiezo a desesperarme. La falta de sueño me impide pensar con claridad y el miedo y el mosqueo hacen que pierda los papeles y empiece a maldecir.

―¡Joder, joder, joder! ¡Vaya mierda!

―No es mi culpa, jefe. Si quiere volver eso ya es otra carrera ―dice con tono vencedor.

En el tiempo que llevamos allí no ha pasado ni un solo coche y hace frío. En un impulso, agarro mis mochilas y salgo del taxi. Estoy hasta los huevos del puto borracho que me ha engañado y trata de sacarme más pasta. Le digo que se largue, que me volveré al hostal yo solo. No es una maniobra de regateo, es un puro impulso inconsciente, pero funciona y me propone llevarme de vuelta por un dólar más.

―En total serán cinco ―me propone.

―Venga, pero lléveme a Cumandá, que voy a tomar el autobús de las seis― acepto.

En tres minutos estamos en la terminal, lo cual me confirma que antes hemos dado algunas vueltas buscando el sitio. Las taquillas están cerradas y la estación está llena de yonquis, putas, vagabundos helados envueltos en mantas, ojos pegados, bostezos, manos en los bolsillos y bebés empaquetados a las espaldas de sus madres. Ya a esas horas hay tipos cantando destinos. No puedo creer lo que me está pasando. Sigo sin poder trazar un plan con claridad y voy dando tumbos en base a impulsos. Quizás es que me haya acostumbrado a hacer las cosas consultándolas con Valérie o quizás haya sido solo un poco de mala suerte. El caso es que allí estoy, a las cuatro y media de la madrugada, en la estación de autobuses de Quito, Ecuador, muerto de sueño y con algo de frío esperando un autobús para el que aún falta más de una hora.

Un nuevo impulso me hace volver al hostal. Está a tan solo dos minutos caminando y pienso que aún puedo arañar una hora de sueño. Ejecuto el nuevo plan, lo que me permite dormir una hora y vuelvo a la estación, que ya empieza a ser un hormiguero. Trato de sacar el billete pero la señora me dice que ya está todo vendido, aunque puede darme plaza en el siguiente viaje, una hora más tarde. No puedo creer lo que oigo y le explico que el día anterior me dijeron que solo había un autobús, a las seis de la mañana. La señora me responde que no, que hay uno cada hora. Definitivamente, necesito dormir, así que vuelvo al hostal pensando en que le den por culo a todo Ecuador y a su puta madre. La casera se muestra simpática y comprensiva a pesar de la noche que le estoy dando.

―Debería usted descansar, señor. No tiene buen aspecto ―me comenta al entrar.

―Lo sé, hace tres días que no duermo bien y no doy ni un paso sin equivocarme. Me voy a la cama. Por favor, dígale a la señorita que viene conmigo que venga a mi habitación cuando se despierte. Gracias.

Cuando me vuelvo a meter en la cama son las cinco y cuando me despierta el ruido de un hostal de mala muerte son las ocho. Esas tres horas me han despejado, así que hago un plan sin levantarme. Según lo que me han comentado, el viaje a Lima consta de dos partes: de Quito a la frontera ―a un pueblo llamado Huaquillas― y desde allí hasta Lima. El primer viaje tarda doce horas, y el segundo veinticuatro. Con esto, me parece buena idea tomar un autobús a las ocho de la tarde en Quito que me deje en la frontera a las ocho de la mañana del día siguiente. Allí, tomar el de Lima, con lo que estaría en mi destino el miércoles por la mañana temprano, lo que me daría tiempo para buscar otro autobús o, al menos, un sitio donde dormir. Además, eso me permitiría pasar toda la mañana en Quito con Valérie.

Me parece un buen plan y me levanto dispuesto a ponerlo en práctica. En la recepción me dicen que la señorita ha dejado recado de que la espere.

―Le dimos su mensaje, pero nos contestó que no quería despertarle, que necesita usted descansar ―me explica con ternura la casera.

Imagino que Valérie estará en el locutorio, revisando su correo, así que me dirijo allí y me alegro mucho de ver, desde la calle, su perfil leyendo de la pantalla con atención.