Domingo, 26 de julio de 2009

La división del tiempo en tramos de veinticuatro horas ha perdido sentido. Aquí solo hay tiempo y nada más; no hay divisiones, no hay rutinas que marquen los días de la semana. Hago lo que quiero en cada momento. Me he quitado el reloj de la muñeca porque no quiero que me coarte lo más mínimo. Vivo en una burbuja, aislado de todo. No tenía ni idea de que algo así pudiera ser tan reconfortante. Creo que era algo que necesitaba, no ya como parte del viaje, sino como parte de mi vida. Necesitaba estos días de aislamiento, de desintoxicación de mi vida, de mí mismo. Un cara a cara con mi yo real, desnudo.

Ha sido entonces cuando he conocido a Pier.

Las puertas del baño son viejas y están oxidadas. Eso ha provocado que, una de las veces que he ido a lavarme la cara para tratar de mantenerme despierto durante un par de horas al menos, se haya quedado atascada. Después de intentar abrirla durante un buen rato, he empezado a desesperarme y he gritado pidiendo ayuda, confiando en que Sacarino estuviera por allí. No ha tardado en sonar el clic del pestillo y la puerta se ha abierto. Al otro lado, un tipo alto y delgado a quien no había visto hasta entonces. Tiene la piel pálida y viste completamente de negro, incluyendo un gorro de lana que lleva calado por debajo de las cejas. Tiene una cara casi inexpresiva, pero creo que me sonríe.

―Gracias tío, me has salvado la vida ―le digo agradecido―. Maldita puerta.

―No te preocupes, no es nada ―me responde―. Estaba aquí tumbado cuando te he oído gritar.

―¿Vas a Moscú?

―Sí. Me subí en este tren en Pequín y ya voy teniendo ganas de llegar, se hace un poco largo.

―Es cierto, pero sospecho que cuando lleguemos lo voy a echar de menos, no me preguntes por qué.

―Es posible, el tren engancha.

―¿En qué vagón estás? ―le pregunto para evitar que la conversación decaiga.

―En este mismo.

―¿En el seis? Vaya, pensaba que estaba yo solo.

―Sí, en el seis. Llevo aquí desde el principio, aunque últimamente salgo poco.

―Yo tampoco salgo mucho. Bueno, pues muchas gracias por sacarme de ahí. Ya nos veremos por ahí.

―Claro.

Vuelvo a mi compartimento y me tumbo a leer. No tarda en volver a vencerme el sueño. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me despierto sobresaltado. Aun antes de abrir los ojos noto que hay alguien más en el compartimento. Cuando miro, puedo distinguir en la oscuridad una silueta, una sombra.

―Lo siento, no quería despertarte ―dice la sombra.

―¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ―pregunto algo aturdido.

―Soy Pier. He venido por si necesitabas compañía. Antes me dio la impresión de que te sentías un poco solo.

―¿Cómo coño has entrado? Siempre cierro la puerta cuando voy a dormir.

―Solo abrí, nada más. Tal vez lo olvidaste esta vez.

Me incorporo y abro las persianas para que entre algo de luz. Pier está sentado en el catre que hay frente a mí, mirándome fijamente con cara inexpresiva.

―Joder, deberías haber llamado. No puedes entrar así en los compartimentos de los demás. Son privados.

―Lo siento. No te habrás enfadado conmigo ¿verdad?

―No, da igual, qué más da. No preocupes.

―Eso es una de las cosas que te hace débil, nunca te enfadas con nadie.

―¿Cómo?

―Siempre haces igual. Da igual lo que te hagan, siempre buscas la manera de excusar a quien te hace algo. Nunca te enfadas. ¿Sabes?, me sacas de quicio cuando haces eso.

―¿De qué coño me estás hablando? Ni siquiera me conoces.

―Te conozco mejor de lo que piensas. ¿O acaso me equivoco con lo que te estoy diciendo?

―Trato de ser respetuoso con los demás y procuro ponerme en sus zapatos antes de enfadarme o emitir algún juicio.

―Eres una maricona incapaz de poner los cojones sobre la mesa y darle a cada uno lo que se merece.

―Te estás pasando. Por favor, vete.

―Te estás pasando. Por favor, vete ―repite con tono de burla―. Entro en tu compartimento, te digo maricón a la cara y lo único que haces es pedirme por favor que me vaya. ¿Ves lo que te digo?

―¡Lárgate ahora mismo!

―¡Guau! Ha dicho «lárgate» y ni siquiera lo ha pedido por favor.

―¡¿Qué coño quieres?!

―Quiero ayudarte. Quiero hacer que cambies, que veas las cosas tal y como son en realidad.

―Yo ya las veo tal y como son en realidad, no necesito tu ayuda.

―Te equivocas, la necesitas. Tienes una opinión irreal de la gente que te rodea. Tiendes a ver a todo el mundo como buenas personas y no es así. Es todo lo contrario. Son todos unos falsos, hipócritas hijos de puta que están ahí solo para joderte a la mínima oportunidad.

―No digas eso, no es cierto.

―Vives en tu mundo de fantasía donde todo el mundo es maravilloso y hasta la mierda huele bien, pero eso es irreal. ¡Despierta coño!

―Ya estoy despierto.

―No lo estás ni de lejos. Te pondré un ejemplo. ¿Qué opinas de Sacarino?

―Es un buen tipo. Creo que le caigo simpático.

―¡Gilipolleces! ¿Sabes que se ríe de ti con sus colegas? Todas las tardes, cuando organizan su partida de cartas, empieza a decir cosas horribles sobre ti. Te ridiculiza delante de todos.

―Eso no es cierto.

―¿Y por qué no iba a serlo? Te lo estoy diciendo yo, que lo he visto y hablo su idioma. Ellos no lo saben, pero entiendo todo lo que dicen. Como creen que no me entero de nada, no se cortan cuando estoy presente. Se ríen de ti. ¿Sabes cómo te llaman? El náufrago. Se refieren a ti como el náufrago. Eres el hazmerreír del tren.

―Eso no está bien, yo siempre le he tratado con respeto.

―Pero él a ti no. ¿Es que no lo ves? La gente es así, te ofrece una cara falsa para que te confíes y no imagines la realidad, pero la realidad es que Sacarino es un maldito cabrón hijo de puta, como todos los demás. Nadie te respeta.

―Bueno, pues que le den. Que se rían a gusto, yo paso.

―Maldito cobarde. Es eso lo que tienes que cambiar.

―¿Cambiar? ¿Y qué se supone que tengo que hacer?

―Empieza por darles una lección, que aprendan que no pueden ir riéndose de la gente.

―¿Una lección?

―Mátalos a todos.

―¿Qué? ¿Estás zumbado? ¿Pero qué coño dices?

―Mátalos a todos.

―¡Lárgate! ¡Déjame solo!

―Si es lo que quieres, me iré, pero piensa en ello. Merecen morir, todos lo merecen. Te ayudaré a hacerlo.

―Maldito chiflado, lárgate.

Pier se levanta muy despacio, sin dejar de mirarme. Su cara no cambia de expresión, sigue manteniendo esa especie de media sonrisa que me provoca escalofríos. Se marcha cerrando la puerta tras de sí. Vuelvo a estar solo, sin saber muy bien qué hacer. Sus últimas palabras se repiten en mi cabeza una y otra vez, como un eco que nunca acaba: «mátalos a todos», «mátalos a todos», «te ayudaré a hacerlo».

Trato de retomar el libro, pero no puedo pensar en otra cosa que no sea lo que acaba de ocurrir. No me ha gustado que Sacarino se ría de mí con sus colegas. Por lo general, no soy de esas personas que tratan de caer bien a todo el mundo, y hacen lo que sea necesario para conseguirlo. No, no soy así, pero tampoco me gusta que alguien tenga un mala opinión de mí sin siquiera conocerme. No me lo esperaba, pensé que le caía bien. Pier tiene razón, la gente tiene dos caras: la que enseña y la real. ¡Qué cabrón! Si incluso me ha puesto un apodo. Parece que les estoy viendo, tomando esa horrible cerveza china mientras ríen a carcajadas las gracias de Sacarino. Seguro que me imita ante el aplauso de la panda de garrulos de sus colegas. Chinos de mierda, que se jodan.

«Dales una lección, que aprendan que no pueden ir riéndose de la gente».

Estoy realmente enfadado. Pier ha conseguido que le dé vueltas a un asunto que debería haber dejado correr. Total, faltan menos de veinticuatro horas para que lleguemos a Moscú, agarre mi mochila y continúe mi viaje. Creo que lo mejor es pasar. Pero, ¿por qué coño tengo que dejarlo pasar? Pier tiene razón, siempre hago igual, siempre trato de evitar el conflicto, convencido de que esa es la solución más razonable. Probablemente lo sea en la mayoría de los casos, pero no en todos. No quiero dejar pasar esto, quiero que Sacarino sepa que sé que se ríe de mí y que se disculpe. Maldito chino hijo de puta, vas a tener que pedirme perdón, por mis santos cojones que lo harás.

Estoy muy caliente, pero es tarde. Lo mejor es dormir y retomar el asunto mañana por la mañana. Espero no enfriarme, aunque si lo hago tampoco estará mal. Haré lo que me pida el cuerpo por la mañana, eso haré. Vuelvo a bajar las persianas, estirar las sábanas y meterme en la cama. Me he asegurado de que la puerta esté cerrada, lo he comprobado tres veces. Me pongo a Mozart; me calma. Caigo en un pesado sueño.

―¡Arriba campeón! Estamos llegando a Moscú.

Es la voz de Pier sonando muy cerca de mi cara.

―¡Pero qué coño! ¡Qué haces aquí! ¡Cómo cojones has entrado!

―Anoche dejamos abierta la puerta, ¿no lo recuerdas?

―¡Y una mierda! ¡La dejé cerrada, lo comprobé tres veces!

―Sí, eso fue antes. Cuando volvimos de nuestra excursión quedamos en que lo mejor sería dejarla abierta. Tenías miedo y querías tenerme cerca. ¿Lo has olvidado o qué?

―¡De qué coño me hablas! ¿Excursión? ¡Qué coño de excursión! ¡¿Qué coño dices?!

―Vaya, no me digas que eres de esos que olvidan estas cosas… ―dice Pier negando con la cabeza con cierta condescendencia.

―¡Déjame en paz! ¡Lárgate de una vez!

―Vaya, ahora no quieres saber nada de mí. Anoche me llamabas desesperadamente para que te ayudara cuando Sacarino empezó a mofarse de ti en tu cara.

―¿Anoche? ¿Pero de qué estás hablando? Anoche me fui a la cama cuando te largaste.

―Claro. ¿Y quién se supone que ha traído esto?

Mientras habla, Pier levanta mi catre para acceder al arcón donde guardo la comida. De ahí saca el bote de fresas en almíbar y lo pone sobre la mesa.

―Dime, ¿quién ha traído esto? ¿Yo? ―empieza a gritarme―. ¿Y cómo lo he metido ahí? ¿Te he levantado en mitad de la noche sin que te despertaras? ¿Así lo he hecho? ¡Gilipolleces!

―¡Pero qué coño…!

Me acerco al bote con curiosidad. Está casi lleno, pero entre las fresas, pueden distinguirse claramente. Son dos esferas de un blanco brillante de las que cuelgan unas tiras rojas, como cables. Son dos ojos humanos.

―¡Por todos los demonios! ¡¿Qué es eso?!

―Es tu trofeo, tu bautismo de fuego.

―¡¿Qué has hecho?! ¡Maldito hijo de puta!

―¿Qué he hecho? ¿Qué has hecho tú?

―¡Yo no le he sacado los ojos a nadie, de eso puedes estar seguro!

―Vaya, vaya, vaya… Ven conmigo, quizás esto te refresque la memoria. Te veo algo confuso.

―¿Ir adónde?

―Aquí al lado, a solo cinco compartimentos. Al cuartucho de Sacarino.

―No puede ser, no puede ser…

Apenas puedo levantarme, pero lo hago y sigo a Pier. Los diez metros que me separan del cuarto de Sacarino se me hacen eternos. Por mi cabeza pasan un millón de cosas inconexas. Pienso en el viaje, en lo bien que iba y en lo poco que me falta para llegar a casa y echar unas cervezas con los colegas del baloncesto, o en esa maratón de comer Magnums que tengo pendiente con Sergio. Pienso en mi familia, pienso en el trabajo, en ella, pienso en Cristiano Ronaldo vestido de blanco. Sé lo que voy a encontrarme en el cuarto, lo sé perfectamente, pero eso no me ayuda a mantenerme de pie.

―Ahí lo tienes, tu ópera prima.

Sacarino está sentado en su catre. Las sábanas están empapadas de sangre. Se diría que está dormido, si no fuera porque tiene dos fresas en lugar de ojos.

―Yo no he hecho eso, es imposible ―balbuceo entre arcadas.

―Digamos que tuve que echarte una mano, pero esencialmente es obra tuya. ¿No estás orgulloso? Yo lo estaría si fuera mi primera vez.

―¡Estás completamente loco! ¡Te digo que yo no tengo nada que ver con esto!

―Anoche parecías bastante enfadado con el pobre Sacarino. Pobre chaval, con lo bien que le caías.

Tengo que pensar en algo rápido, ahora que Pier está en plena fase de jactarse de lo que ha hecho. Tengo que actuar con rapidez antes de que caiga en la cuenta de que voy a actuar con rapidez.

Piensa piensa piensa piensa.

Estoy dentro del cuartucho de Sacarino. Miro a un lado y a otro. Ya lo tengo, ya lo tengo. En un movimiento tan rápido que apenas tengo tiempo de calcular, agarro la llave maestra de la mesita, golpeo con ella la rodilla de Pier ―lo que le hace perder pie―, salgo del compartimento y cierro la puerta corredera con fuerza. ¡Clac! La llave está echada, la puerta está bloqueada. De dentro solo salen los gritos de dolor de Pier.

―¡Hijo de puta! Abre la puerta ahora mismo ―me ordena Pier.

Ni siquiera me molesto en contestarle. Hace unos instantes que el tren llegó a la ciudad y ya está entrando en la estación. De un salto, me planto en mi compartimento y recojo todo lo mejor que puedo. Me cuelgo la mochila a la espalda y echo un último vistazo para asegurarme de que no olvido nada. En mis sábanas, una mancha de sangre con la forma de una mano. Mi cerebro consigue ignorarla antes de que me dé tiempo a asimilarla. El tren casi está detenido y corro por el pasillo. Desde el compartimento de Sacarino sigue saliendo el torrente de voz de Pier.

―No me dejes aquí, llévame contigo. Haremos el viaje juntos, te ayudaré siempre que lo necesites. Seremos un equipo.

―Lo siento Pier, yo viajo solo.

―¡Hijo de puta! ¡No puedes dejarme aquí!

Paso al vagón siete, de ahí al ocho y de ahí al nueve, el de primera clase. Lo hago tratando de mantener la calma y dando un aire de normalidad a mi forma de andar. Tengo ganas de correr, pero me contengo. Me cruzo con los encargados de los vagones, los colegas de Sacarino, a los que saludo con un silencioso ademán con la cabeza y una sonrisa. Llego al compartimento de los americanos.

―¿Qué tal? Ya llegamos al fin ―les digo tratando de iniciar una conversación.

―Sí, al fin. Ya era hora.

El tren se ha detenido. Las puertas se han abierto (todas menos las del vagón seis). Bajo los escalones despacio, con más cuidado del que tendría en condiciones normales. Creo que estoy sobreactuando. Avanzo por el andén que se ha llenado de gente en un instante. Me mezclo entre ellos y tomo aire. Por el rabillo del ojo miro la ventana del cuarto del encargado del vagón número seis. Allí está Pier mirándome. No dice nada, simplemente me sigue con la mirada mientras en su cara se dibuja esa especie de sonrisa, ese gesto inexpresivo de ojos vacíos y aire ausente.