Domingo, 21 de junio de 2009

El autobús hacia San Salvador sale cada hora, lo que me deja mucha flexibilidad de horarios. Decido que salir a las diez de la mañana es una buena opción, así que pongo el despertador a las ocho (la chica de la recepción me ha advertido de que el autobús puede salir antes si al conductor le parece bien). No me importa, porque a las seis y pico de la mañana ya está toda la habitación iluminada. El sol entra por la ventana que hay junto a mi cama y por el pequeño tragaluz del techo del baño. Es domingo por la mañana y pienso que probablemente esté penado por la ley levantarse a esa hora pero, haciendo uso de mi audacia, me levanto. Si me apuro podré subirme al bus de las siete y media. Estoy seguro de que algunos de mis amigos aún estarán dormidos en España, y eso que allí es siete horas más tarde.

Antes de vestirme salgo a recoger la ropa que lavé anoche. No me sorprende nada descubrir que está tan mojada como cuando la saqué del lavabo; la humedad es terrible. No me queda más remedio que recogerla y meterla en una bolsa de plástico. Ya veré qué hago con ella. Recojo el resto de la habitación y bajo. En la recepción, la misma chica de anoche se ofrece para cuidarme el equipaje mientras doy un paseo. Vuelve a advertirme del peligro, aunque con poca fe. Creo que pasa de mí.

―No debería pasear solo, señor. No es seguro, pueden asaltarle ―me dice con resignación.

―No llevaré nada encima, no te preocupes.

―Como usted guste ―responde mecánicamente mientras sigue leyendo su revista.

No son ni las siete de la mañana de un domingo y la calle está llena de gente. Es una especie de mercadillo callejero ―más tarde me dirían que no es así, que esa actividad es la del día a día―, donde compro una enorme pieza de pan, algo de beber y un poco de fruta con los pocos quetzales que llevo encima. La fruta es extraordinariamente barata y puedo comprar media docena de plátanos por un quetzal ―unos doce céntimos de euro al cambio―. A pesar de que las calles son las mismas de ayer por la tarde, hoy me encuentro más seguro. Probablemente influya el hecho de que no llevo encima más que unas cuantas monedas. A pesar de ello no quiero alejarme mucho de la estación, entre otras cosas porque salimos a las siete y media.

En la sala de espera conozco a Daniel, un gringo que está en Guatemala ayudando a la gente más pobre. Vive en Los Angeles, pero pasa la mitad del año en Centroamérica. Su forma de hablar español me recuerda a una imitación de los Morancos. Tiene una cara risueña y despistada. Me he acercado a él porque hace que me sienta más seguro. A nuestro lado se ha sentado un tipo muy alto y serio. Lleva una gorra negra con el símbolo de Nike, una camiseta blanca y un collar de cuero del que cuelga una piedra tallada. Todo ello le da un aspecto peligroso. Nos mira y escucha sin molestarse en disimularlo. Me hace sentir incómodo.

El autobús llega a la estación. Es muy diferente al que me trajo de Tapachula. Se trata de un sucio autobús lleno de asientos desgastados y sin numerar ―no tardaré en descubrir una encantadora gotera sobre mi asiento―. Encuentro este tipo de autobús mucho más auténtico y me siento más cerca de la gente. Casi todo el mundo va cargado con grandes bultos que el conductor se encarga de ir colocando lo mejor que puede en las tripas del autobús. Cuando estoy subiendo los escalones, noto que alguien me tira de la camiseta.

―¿Es esto suyo, señor? ―me dice con voz ronca.

Es el tipo de la gorra. En su mano derecha lleva mi reproductor de mp3.

―Sí, es mío, muchas gracias ―le respondo asombrado.

―Se le cayó al suelo ahorita mismo.

Una vez más, la gente me da una lección. Nunca habría apostado a que nadie de por aquí tuviera un gesto similar, y menos el tipo de la gorra. Antes al contrario, en el rato que he estado les he prejuzgado y les he declarado culpables de robo, asalto, asesinato, secuestro y tantas otras cosas. Todos culpables, sin excepción. Ahora, el simple gesto de humildad y honradez del muchacho de la gorra me pone en mi sitio.

Me avergüenzo.

Más tarde, después de estar medio viaje dándole vueltas, me acercaría a su sitio y trataría de regalarle el mp3, encontrándome con su rechazo.

―Yo no quiero eso para nada, no sabría utilizarlo ―me dice casi riendo.

No insisto, pero quiero demostrarle mi agradecimiento. Le ofrezco algo de comer; le muestro todo lo que tengo.

―Acepta al menos esto.

―Gracias señor, pero ya tengo comida.

―De acuerdo ―digo resignado y con la sensación de haberle faltado al respeto.

Al fin me siento en el primer lugar que encuentro libre, pero antes me encargo de tender la ropa húmeda aprovechando la cuerda que sujeta las cortinas de la ventanilla y la bandeja donde se apoya la pantalla de televisión.

―¿Y no nos van a poner ninguna película ni nada? ―dice una voz a mi espalda―. ¿Para qué son los televisores pues? ―añade entre risas.

―Para que los gringos tiendan sus calzones ―responde otra voz antes de estallar en carcajadas.

Es ese precisamente uno de los aspectos por los que prefiero viajar en autobuses más humildes en lugar de hacerlo en primera clase: la gente charla, se comunica, se relaciona, se ríe. No resulta complicado entablar una conversación con tres mujeres que se sientan justo detrás de mí. Me paso medio viaje de rodillas en mi sillón mirando hacia atrás (gracias Biodramina). Dos de ellas son hermanas de sorprendente parecido, pelo pintado de rubio yema de huevo y dientes de oro abollados.

Entre charla y charla llegamos a la frontera y se me pone la piel de gallina. Sin embargo, esta frontera no tiene nada que ver con la que separa México de Guatemala. Es todo mucho más tranquilo, si bien el acoso de los cambiadores de divisa con sus fajos de dólares no tiene nada que envidiar a aquel. El trámite de la parte de Guatemala es rápido y el de la parte de El Salvador aún más. Para entrar al país ni siquiera tenemos que bajarnos del autobús. Una enfermera con mascarilla me pide el pasaporte, me hace una encuesta acerca de la influenza y finalmente me da unos consejos de forma mecánica. Tras ella, un policía de aduanas armado vuelve a pedirme la documentación. Todo pasa rápido.

En el mismo momento en que la enfermera y el policía bajan del autobús, el conductor da un silbido al que acuden cinco o seis mujeres. Son vendedoras ambulantes que suben al autobús con palanganas llenas de comida y bebida. Se pasean pasillo arriba y abajo recitando la carta con gracia y alegría. Por un momento aquello parece un mercadillo. Me sienta bien, en Guatemala vi pocas risas. Compro una quesadilla a una niña que me cuenta que bajan desde el pueblo a la frontera dos veces al día, y que son ellas mismas quienes cocinan lo que después venden. Me ofrezco a grabarla y acepta encantada. Le hago ver que no es normal que alguien se deje grabar, que por lo general la gente es bastante reacia a las cámaras de vídeo y fotos.

―Eso es porque la gente teme por sus hijos. Creen que los extranjeros vienen al país para llevarse a sus hijos, por eso no les gustan que hagan fotos ―me dice con seguridad.

―Vaya, no tenía ni idea ―respondo boquiabierto. El miedo entre el turista del primer mundo y el nativo de Centroamérica es recíproco.

Entretanto, el autobús continúa su marcha subiendo penosamente la montaña mientras arrecia la lluvia. Minutos después, parará para dejar bajar a las vendedoras que se despiden de todos dándonos las gracias. Continúo la charla con las hermanas teñidas. Una de ellas se queja de que con el cambio de moneda está la vida mucho más cara.

―Antes, cuando teníamos colones, todo era más barato. Desde que entró el dólar americano hace unos años, todo ha subido. Ahora cualquier cosa vale un dólar, es como si no hubiera nada más pequeño que un dólar. ¿Cuánto te ha costado eso? ―pregunta señalando mi quesadilla.

―Un dólar.

―¿Ves lo que digo? Antes, con colones, costaba la mitad ―afirma enseñándome el diente de oro en una sonrisa de satisfacción.

―En España pasó lo mismo con la entrada del euro. De repente todo empezó a costar un euro.

―A nosotros nos dijeron que con el dólar viviríamos mejor, pero está claro que solo ha beneficiado a los ricos.

―Exacto.

―Mi hermano ha tenido que emigrar para buscarse la vida, porque aquí no podía más. Fíjate que tuvo que dar al banco su casa para que le dieran dinero para el viaje a Estados Unidos. Y todo para nada, porque a los pocos días de estar allá le detuvieron. Ahora está en la cárcel. Yo he tenido que pagar al banco el triple de lo que le dieron para no perder la casa.

Mientras dice esto, se asoma a la ventana para descubrir que se ha pasado de parada. Se levanta como si tuviera un muelle en el culo y empieza a gritarle al conductor.

―¡Pare, pare! Me he pasado mi parada. ¡Ay, santo cielo! Otra vez igual. ¿Por qué no me ha avisado? Tanto platicar que he olvidado mi parada, y mi hijo me está esperando allá. Ahora tendré que tomar otro autobús de vuelta.

―Lo siento, es culpa mía, te he entretenido ―le digo.

―¿Cómo va a ser culpa suya, señor? ―me responde mientras me mira con extrañeza en la cara, como si tratara de descubrir si le estoy tomando el pelo.

La entrada a San Salvador es radicalmente diferente a lo que me esperaba. Después de entrar en Ciudad de México y Ciudad de Guatemala, esperaba un sitio parecido, sin embargo, me sorprendo al comprobar que San Salvador cuenta con grandes avenidas, con preciosas medianas decoradas con plantas. En los minutos que tarda en autobús en llegar a la parada, y mientras callejea buscando la estación, puedo ver un enorme centro comercial, una universidad, bonitas plazas, varios locales McDonald’s y hasta un Pizza Hut.

Al fin se detiene el autobús y bajo entre el murmullo de dos viejas que se santiguan y dan gracias a su dios por haber permitido que llegaran sanas y salvas. El apeadero es un sitio limpio y silencioso presidido por un ambigú. Dos guardias de seguridad están viendo un partido de fútbol y un cartel me hace sonreír.

INTERNET INALÁMBRICA

La búsqueda de hostel a través de Internet es en vano. No hay mucha información de sitios en San Salvador, y en los pocos locales que encuentro no se puede hacer reserva on line. Me rindo y decido hacerlo preguntando. Después de un buen rato encuentro a un limpiabotas que se ofrece a llevarme a un hostal. Prefiero los hostels porque son lugares mucho más interesantes para conocer gente, pero dadas las circunstancias no puedo exigir nada más. Se está haciendo tarde y me gustaría aprovechar lo que queda de día para darme un paseo.

La habitación es pequeña, pero más que suficiente. Un baño minúsculo con una ducha de un solo grifo me anuncia que aquí tampoco tienen agua caliente. Hago la mitad de la colada que me quedaba por hacer y tiendo la ropa frente al ventilador. Descanso unos minutos y decido que es buen momento para hablar con mi familia. Hace ya diez días que salí de casa y aún no tienen noticias mías. No es nada raro, y dudo que ninguno de ellos se haya extrañado de que no haya dado señales de vida. Son las cinco de la tarde y en España serán las doce o una de la noche, ya no estoy seguro con tanto cambio horario.

Después de un buen rato de videoconferencia, una ducha y comer algo del pan que compré en Guatemala, son casi las siete. Está a punto de anochecer cuando me dispongo a salir. El recepcionista del hostal ya ha cerrado los postigos, la puerta y una reja interior. Se asusta cuando le digo que voy a salir a dar una vuelta. Si la chica de Guatemala me lo desaconsejó, el viejo recepcionista directamente se niega a dejarme salir.

―No voy a dejarle salir, señor. Es peligroso para usted ―me dice con risa cariñosa.

―Solo voy a dar un paseo, no me alejaré demasiado.

―No es una buena hora para pasear. Hoy es domingo y las calles están solas. No es seguro.

―Pero desde el autobús no parecía peligroso. Guatemala me pareció mucho más peligroso.

―Nunca he estado en Guatemala señor, pero le aseguro que lo que usted ha visto desde el autobús no es la realidad.

Me dejo convencer y me quedo en la recepción con él. Se alegra de mi decisión y me invita a sentarme en la trastienda. Está viendo un partido de fútbol. Me siento, me ofrece una cerveza y nos ponemos a charlar de fútbol. Hablamos de «mágico» González y le digo que me gustaría hacerme unas fotos en el estadio que lleva su nombre.

―Mañana puede hacerlas; un lunes por la mañana es seguro.

―Salgo para Honduras a las cinco y media de la mañana ―le respondo.

―Pues entonces tendrá que verlo desde el autobús.

Después de un rato decido irme a mi habitación. Trato de dormir un poco, pero el zumbido del ventilador que seca la ropa no me lo permite. Necesitaría estar mucho más cansado para poder quedarme dormido con ese ruido del demonio. He puesto el despertador a las cuatro y media de la mañana. En otro sitio, ni me hubiera molestado en buscar habitación, sencillamente me hubiera quedado a dormir en la estación. Pero no estoy en otro sitio, estoy en San Salvador.