Domingo, 2 de agosto de 2009

Un ejército de girasoles cabizbajos me da los buenos días. Son cerca de las seis de la mañana y ya estamos en los alrededores de Sofía. He dormido mal. Me duele todo el cuerpo por las posturas que he ensayado a lo largo de la noche. Eso de dormir en hostels y vagones cama me ha ablandado por lo que se ve. Pero lo peor de todo, más que la falta de espacio o las interrupciones de la policía fronteriza, ha sido el olor. Creo que nunca olvidaré el olor que salía de las letrinas del tren. Si en los autobuses de Sudamérica apestaba, el del tren a Sofía hiede.

En el trayecto he conocido a Petra y Ed, una pareja de rubios holandeses. Están dando algunas vueltas por la Europa del este y también se dirigen a Sofía (aunque solo estarán unas horas; parten rumbo a Belgrado). Hemos estado charlando buena parte de la noche, al punto de alcanzar las limitaciones de mi inglés. Si bien me sirve para defenderme en el mundo, hablar de viajes y tratar de engañar a alguna para meterme entre sus sábanas, no me sirve para hablar de literatura rusa. Están leyendo a Tolstói y traer a la conversación a Nabokov o Tolstói se traduce en balbuceos y tartamudeos. Cuando llegamos a la estación, les invito a un café (soy el único de los tres que tiene levis, la moneda búlgara) en un bar, un bar de los de antes, de los de antes de los noventa. Al fin hay bares. Nada de quioscos que venden productos envasados y café en polvo. Un bar como Dios manda, con su máquina de café, sus famélicas sillas, sus tipos duros tomando un sol y sombra por la mañana y su camarero de gesto serio.

Cuando se largan, comienzo con mi rutina: reservo billete para el tren de Estambul (que sale a las siete de ese mismo día), dejo la mochila nodriza en una taquilla, consigo un plano del centro de la ciudad (gracias a un amable taxista que, viendo que no tenía ni un duro me indica los sitios que no debo perderme) y salgo a pasear. En Sofía han vuelto los caracteres cirílicos, aunque por fortuna hay algo más de inglés. No obstante, al principio me cuesta orientarme porque mi mapa está en inglés y los nombres de las calles están en búlgaro. Me basta preguntar a una señora (una checa que está repitiendo, al cabo de cuarenta años, el viaje por el este que hizo cuando era niña) para saber que estoy en una de las calles principales, que me servirá de raíl para el paseo.

Aún es temprano, tanto que los perros callejeros siguen dormidos. Me gusta pasear a estas horas porque el calor no ha empezado a apretar. Tiene pinta de que va a ser un día caluroso, un típico domingo de verano, con cielo despejado y nadie que pueda toserle al sol. Con el mapa delante calculo que un paseo por todos los puntos destacados no me llevará más de tres o cuatro horas, así que me lo tomo con calma. Para empezar, una buena siesta matutina en un parque, a la sombra de los árboles y con el ruido de la fuente de fondo. Un clásico.

El día transcurre despacio y pesado. Como preví, el calor es asfixiante. Me recuerda al calor seco de Badajoz, un calor que ataca directamente a mis arterias, dilatándolas y haciendo que mi tensión se vaya por debajo de los límites aconsejables. Apenas puedo tirar de mi cuerpo y me siento en todos los bancos que encuentro. Trato de hidratarme mucho, pero al mismo tiempo tengo cuidado porque he comido poco, y lo último que necesito es que me dé una pájara. Me aburren las iglesias. Aquí las tienen de todas las religiones, pero estoy cansado de ellas. Iglesias y parques, parques e iglesias. Es domingo y las calles están casi desiertas, hay poco tráfico y las tiendas están cerradas. Ni siquiera puedo encontrar una oficina de correos abierta, así que no puedo enviar la postal nuestra de cada día.

Una de las veces que me he quedado dormido en unos escalones, en la entrada a la Biblioteca Nacional (por desgracia también estaba cerrada, maldito domingo), me ha despertado alguien zarandeándome. Me he puesto rápidamente en pie (aunque duermo, es casi como si estuviera despierto) y me veo rodeado por cuatro niños. Visten únicamente con pantalones y entre todos no deben de sumar ni cuarenta años. Están flacos como galgos, tienen la piel oscura, tostada por el sol, y los rostros sucios. Huelen mal y no dejan de hablar entre gritos. Por un momento pienso que estoy rodeado por una jauría de perros salvajes, una banda de mowglies. La zona está desierta y tengo miedo. Uno de ellos ha cogido la mochila y está intentando abrirla. El resto me mira con curiosidad. En este momento tengo que decidir si, como dice Menotti, quiero ser toro o torero, quiero dejarme llevar por la situación o tomar las riendas, así que disimulo mi miedo lo mejor que puedo y les grito que se larguen (acompañando con aspavientos) mientras recupero mi mochila de un violento tirón. Los chavales dan un respingo y se reúnen, se sitúan muy juntos unos de otros, en una especie de maniobra militar de defensa. En ese momento dejo de sentir miedo para sentir lástima.

Están solos, están necesariamente solos; solo se tienen los unos a los otros. Me imagino sus días de vagabundeo infinito por la ciudad, buscando algo que comer y conformándose con satisfacer, por instinto, sus necesidades más primarias. Son como los perros callejeros de Bucarest, que andan entre cubos de la basura buscando algo que comer, sin pensar en otra cosa que no sea sobrevivir un día más. Reacciono y trato de calmarles abriendo mucho los brazos y las manos y pidiéndoles que estén tranquilos. Tengo algunas chocolatinas que compré en Bucarest y se las ofrezco. Las toman con desconfianza al principio, pero cuando uno de ellos se decide a aceptarla, el resto va detrás. Cuando cada uno de ellos tiene la suya, empiezan a devorarlas entre risas. Sigo allí, pero soy completamente ignorado. Me siento como un periodista del National Geographic filmando, oculto entre el follaje, cómo una manada de leones se come a una cebra. Cuando terminan se largan corriendo a ningún sitio.

Yo reemprendo mi marcha, un tanto aburrido y replanteando mentalmente el viaje. No quiero más días como estos, de turismo en ciudades ya vistas aún sin haberlas visitado. Necesito un cambio, otro objetivo que no sea ver pasar las catedrales y los días, y vuelvo a pensar en el pueblo de Camille. He dejado el mapa en la otra mochila, así que no puedo dedicarme a trazar rutas, aunque en mi cabeza ya hay varias alternativas: cruzar el Adriático en ferry desde Grecia hasta el norte de Italia, subir por la bota en tren, volar de Egipto a Milán… El día se salva cuando me tropiezo con un mercadillo de antigüedades. Me fascinan este tipo de sitios, compuestos por puestos que venden pequeñas chatarras, fotos antiguas y metales oxidados. Tienen de todo, especialmente cosas relacionadas con la Segunda Guerra Mundial. A pesar del sol, no puedo dejar de dar vueltas por allí. Hay infinidad de puestos, algunos de los cuales son realmente interesantes. Decido pasar allí el resto de la tarde e incluso compro una insignia nazi para mi buen amigo Sergio. Me he puesto como hora límite las cinco para ir al McDonald’s que hay junto a la estación, asearme un poco allí y pasar un rato subiendo textos al blog.

El tren sale con una hora de retraso. Creo que es la primera vez que me pasa algo así. El tren de Moscú viene tarde y debemos esperar porque hay muchos pasajeros que tienen los billetes combinados. El calor dentro de los vagones es insoportable, así que todo el mundo espera en el andén. El tren es una chatarra con ruedas de solo un par de vagones, todos ellos están ocupados (o lo estarán en breve) por gente joven, mochileros con destino Estambul. De forma espontánea formamos un corro donde cada uno, por turnos, va contando su historia, cómo ha llegado a esa estación precisamente ese día y cuales son sus planes para los próximos días. Una especie de terapia de grupo intercultural que resulta realmente interesante. Cada uno de nosotros aporta algún detalle que puede resultar interesante al resto; yo me quedo con el consejo de no pagar más de quince euros por el visado turco.

―Te van a pedir más, pero diles que no tienes. Al final acaban conformándose con quince, aunque pueden pedirte hasta cincuenta.

Hago migas con dos holandesas que tienen aspecto de lesbianas. Una de ellas es bajita y graciosísima. Se ofrece a ayudar a todo el mundo, bien sea para recordar a un tipo que debe escribir el trayecto en el billete de Interrail o para tranquilizar a una pareja que se queja de que le han cobrado seis euros por la reserva del tren, a pesar de tener el pase global de Interrail.

―Es así. En los trenes nocturnos tienes que reservar, y la reserva suele costar de tres a diez euros.

Se ve que es muy buena gente y que disfruta ayudando a los demás, así que me alegro cuando soy yo quien puede echarle una mano a ella.

―¿Te importaría ayudarnos con la ventana? No podemos abrirla y nos vamos a asfixiar.

―Claro. Solo tienes que quitar el seguro ¿ves? Ahora ya baja. Para mantenerla bajada hay que usar un truco. Lo aprendí en el transiberiano. Hay que desencajar la hoja levemente así ―les digo mientras doy un golpe seco en uno de los extremos del cristal―. Ahora se ha quedado desencajada. Si queréis volver a subirla, avisadme, estoy en el compartimento seis.

Cool.

Mi departamento tiene seis catres, pero afortunadamente solo somos tres (estoy con una pareja de jóvenes ingleses que pasan todo el viaje leyendo la Biblia). Me paso asomado a la ventana las horas que quedan de luz y luego me voy a mi sitio a dormir, aunque poco se puede hacer cuando cruzas fronteras. A las dos de la mañana nos despiertan los búlgaros para arreglar los papeles de la salida y a las tres es el turno de los turcos. En esta ocasión volvemos al sistema sudamericano, es decir, no son los funcionarios los que suben al tren, sino al contrario, somos los pasajeros los que tenemos que bajarnos y buscarnos la vida. En mi caso, por ser español, tengo que comprar un visado (el más barato es de noventa días y, como me aconsejaron en la estación de Sofía, pago quince euros por él) y luego tengo que cambiar de ventanilla para que me sellen la entrada. Todo esto lo descubro a fuerza de andar despierto viendo lo que hacen el resto de pasajeros y aprendiendo de sus errores y aciertos. En la cola he conocido a una española, Beatriz, y a una alemana, Anika. Hemos estado más de una hora esperando, así que hemos tenido tiempo de contarnos nuestras historias. Beatriz se muda a Estambul después de haber estado dos años trabajando en Serbia. Va cargada de maletas.

―Me falta la gallina ―bromea.

Cuando terminamos los trámites, y antes de irnos a nuestros respectivos departamentos, me ofrezco a ayudarle con los bártulos cuando lleguemos a la ciudad.

―Total, no tengo ningún plan más que visitar la ciudad y hacer tiempo hasta las once de la noche, hora en la que supuestamente sale mi tren a Adana, en el sur. Voy camino de Damasco, en Siria.

―Vale. En principio voy a casa de un amigo que está por una zona bastante céntrica, así que ya estás por allí.

―Genial. Nos buscamos en la estación cuando llegue el tren.

―De acuerdo. Buenas noches.

―Buenas noches.