Domingo, 19 de julio de 2009

En el nicho se duerme francamente bien. Bajo la apariencia de un blando colchón se escondía una tabla de madera levemente acolchada, pero se duerme bien. El atracón de pastillas hizo efecto y caí redondo. Me he despertado a las cuatro y he estado una hora más dormitando. A las cinco me he levantado y me he llevado la sorpresa de no ser el único que andaba despierto a esas horas. Doy un paseo por la cubierta para que el fresco aire del mar Amarillo me termine de despertar. Hace viento y cuesta mantenerse en pie sin agarrarse a la baranda del barco. Un par de chinos hacen ejercicios de estiramiento en una especie de improvisado tai chi. El cielo está nublado pero no parece que vaya a llover y me alegro. La lluvia lo complica todo y para los próximos dos días lo último que necesito son complicaciones.

Mientras busco un sitio donde poder asearme descubro que el barco está provisto de una sauna al estilo oriental. Consiste en una gran bañera alicatada, rodeada de varios grifos y duchas. Dentro del agua y en los bordes de la bañera hay repartidos pequeños taburetes. Un par de chinos están sentados, frotándose la espalda mutuamente por turnos. La atmósfera está empapada en vapor y huele bien, huele a jabón. Me desnudo, agarro un taburete y me meto en la bañera. El agua está realmente caliente, pero puedo resistirlo. Se está bien aquí, metido en agua caliente, oliendo a jabón y admirando el mar a través de un gran ventanal. El ferry no es precisamente un crucero de luna de miel, pero no está mal. Desde luego, está mucho mejor equipado de lo que pensaba. Me quedo en el agua por lo menos media hora antes de decidir salir y darme una ducha. En ese tiempo han llegado un par de chinos más.

Big!1 ―me dice un viejo chino señalándome la polla.

No puedo evitar una carcajada, a la que el chino responde con otra.

No big. Standard2 ―respondo sin poder dejar de reír.

Big! ―insiste.

El resto de viejos chinos se interesan por nuestro particular debate y se unen a mirarme la polla con interés. Esto empieza a resultar un tanto surrealista.

No big! European standard! You small!3 ―contraataco señalando su pequeña y arrugada polla.

Small! ―grita dándome la razón―. Big! ―insiste señalando la mía.

Todos reímos. Es divertido, pero ya paso. Quiero largarme a tomar mi ducha.

Nacho Vidal big! Me standard! You small!4 ―concluyo.

Son las siete y pico de la mañana y el barco ya se encuentra bastante ambientado, lo suficiente para volver a ser un gallinero. Regreso a mi sitio en el comedor, junto al enchufe, y desayuno un café y unas galletas. Definitivamente me he aficionado al café por las mañanas. Nos quedan unas tres horas para llegar a puerto, tiempo que dedico a escribir y hacer algunas fotos en cubierta. Allí conozco a Douglas y Milla. Él es de Nueva Zelanda, un tipo alto con el pelo largo y ciertos rasgos orientales. Lleva una camiseta raída y unos pantalones cortos. Ella es inglesa, de Londres, rubia, delgada, atractiva. Viste vaqueros y camiseta. Lleva el pelo recogido con una cinta.

―¿A qué parte de China vais? ―les pregunto, dando por hecho que no se quedarán en Weihai.

―A Shangai. ¿Y tú?

―Yo tenía Shangai en mi agenda, pero no me va a dar tiempo a ir. Me voy directo a Pequín.

―¿También ibas a ver el eclipse?

―¿Eclipse?

―Sí, nosotros vamos a Shangai a ver el eclipse total que habrá el martes que viene. Teníamos pensado quedarnos en Japón, en las islas del sur, pero está todo completo, no hay ni una cama libre.

―¿Vais a Shangai exclusivamente a ver el eclipse? ¡Que guay!

―Bueno, no tendremos muchas más oportunidades de presenciar un eclipse total de Sol.

―Genial. ¿Cómo tenéis previsto llegar hasta allí?

―En tren.

―Yo voy a Pequín en tren. Si os parece podemos ir juntos hasta la estación.

―Claro.

El barco atraca al fin y salimos. El temido mostrador de inmigración nos espera. Temido porque no tengo billete de salida de China y presiento que va a pasarme lo mismo que con Japón. Camilla trata de tranquilizarme.

―Tú tienes un visado ¿no?

―Sí. Lo saqué hace meses, antes de empezar el viaje.

―Pues entonces no tienes de qué preocuparte. Si tienes un visado es que tienes permiso para entrar el país, no te lo pueden impedir.

Entramos. Pasamos el control sanitario. Ya estamos en China.

Nos aguarda una sala atestada de gente esperando la llegada de sus familiares. Apenas podemos pasar. Me siento como un futbolista cuando vuelve a su ciudad después de haber ganado la copa de Europa. La gente nos mira con descaro, nos escruta sin pestañear y apenas se mueve para dejar pasar. Tengo que ayudarme con las manos para ir apartando a la muchedumbre. Es demencial, parecen zombis esperando carne fresca. Salimos a la calle y la cosa sigue igual. Hay tanta gente esperando que no caben en la sala, así que están fuera, mirándonos igualmente. (La sensación de ser observado seguirá conmigo muchos más días.) Cuando logramos desembarazarnos de tanta gente y encontramos un hueco, nos paramos a pensar un plan de acción. Ninguno de nosotros tiene nada; ni un mapa ni una ligera idea de dónde está la estación de tren. En Weihai el inglés ha desaparecido por completo. Solo hay que fijarse en los letreros de los negocios para darse cuenta de que aquí solo se habla chino. No hay rastro de ninguna oficina de información turística, ni nada que pudiera sernos de ayuda.

Al final entramos en un local que parece una agencia de viajes o algo así. Es difícil de saber porque el cartel está en chino, pero hay pósters que parecen promocionar lugares exóticos. En la oficina solo hay dos chicas y ninguna de las dos habla inglés. Douglas tiene alguna idea de chino, o al menos es capaz de leer y escribir algunos símbolos, así que consigue hacer saber a una de las chicas que buscamos la estación de tren. Mientras tanto, mediante gestos, he pedido permiso para usar el ordenador y me he conectado a Internet. Poco puedo hacer puesto que el teclado está configurado en chino y cada vez que pulso cualquier tecla me aparece un símbolo extraño.

La chica nos dice que la mejor manera de ir es mediante taxi, pero ahora tenemos otro problema: ninguno de los tres lleva encima ni un yuan. Necesitamos cambiar o sacar dinero de un cajero. Nos cuesta otro rato, pero Douglas logra acordarse del símbolo que representa a un banco. La chica lo entiende, pero no es capaz de explicarnos cómo llegar a uno. Habla un momento con la otra chica, que parece ser su jefa, y nos dice que la sigamos, que nos lleva a un banco que hay cercano.

En el banco conseguimos pasta (después de que la muchacha que me tocó tardara una hora en cambiarme cuatro perras coreanas que llevaba) y un taxi. La chica se encarga de hablar con el taxista para explicarle que debe llevarnos a la estación de tren. Le damos las gracias como podemos, pero me jode no llevar un Chupa Chups que poder regalarle en señal de agradecimiento. Me avergüenza no saber siquiera decir gracias en chino.

El taxista tarda veinte minutos en llegar a la estación. Es la primera vez que hago el recorrido, por supuesto, pero viéndole conducir deduzco que, en condiciones normales, debería haber tardado el doble. Un auténtico colgado que no conoce el significado de un paso de peatones y para el que un semáforo en rojo significa acelerar. El precio lo acordamos antes de salir; son veinte yuans.

Vamos directos a las taquillas. Tanto ellos como yo queremos salir cuanto antes para llegar cuanto antes. Milla y Doug encuentran una combinación a partir de las dos y yo a partir de las dos y media. Sin embargo, yo no puedo sacar el billete porque no me dejan pagar con tarjeta de crédito.

Only cash5 ―me dice la china.

Creo que son las únicas palabras que sabe decir en inglés. Doy algunas vueltas por la estación buscando un cajero hasta que encuentro uno fuera. Está rodeado de chinos con pinta chunguísima, pero paso. Si he sobrevivido a Centroamérica estos niñatos no van a asustarme ahora. Saco la pasta y vuelvo a la taquilla. Por el camino, mi cerebro empieza a procesar toda la información que ha recogido mientras daba las vueltas buscando el cajero. Solo he visto autobuses, decenas de viejos y decrépitos autobuses de asientos de madera. Pregunto a los chicos.

―¿Vuestra intención es ir a Shangai en tren o en autobús?

―En tren.

―El billete que habéis sacado es de tren o de autobús.

―De tren.

―¿Estáis seguros?

―Ahora no.

―Es que creo que esto es una estación de autobuses.

―No jodas.

―Creo que sí, no veo más que autobuses.

Hacemos algunas averiguaciones y descubrimos que estamos en la estación de autobuses.

La estación de tren está a unos quinientos metros calle arriba. Me siento con suerte por haberme visto obligado a ir al cajero. Eso me ha ahorrado sacar el billete de autobús. De nuevo, un hecho que en principio parece negativo, deriva en uno positivo.

Los chicos no saben qué hacer porque están seguros de que no les van a devolver el dinero. Ponte tú a discutir con unos chinos en chino, es una locura. Deciden viajar en autobús ―lo cierto es que la decisión se le puede atribuir al taxista, que decidió llevarnos a la estación de autobuses―.

Yo me acerco a la estación de tren para sacar mi billete. Allí me dicen que solo salen dos trenes al día: a las nueve de la mañana y a las nueve de la noche. El viaje dura dieciocho horas, así que me dejará en la estación a las tres de la mañana, una hora perfectamente inaceptable. Todo esto lo sé gracias a un chico que me hace de traductor, porque la chica de la taquilla no se entera de nada (y yo menos). Una cosa es no saber el idioma y otra distinta es no saber lo que te están preguntando cuando te enseñan un dibujo de un tren junto a un reloj. Si trabajas vendiendo billetes de tren, deberías saber deducir lo que significa un tren junto al cual hay un reloj.

Al final me lo pienso mejor y me decido por el autobús. No sé a qué hora llega pero sí sé que salen autobuses a Pequín cada cincuenta minutos. Descubro que tardan doce horas en llegar, así que hago mis cuentas y me decanto por el de las seis.

Con los billetes en la mano, vamos a almorzar. Entramos en un supermercado y pedimos algo en un restaurante que hay dentro. Descubrimos lo bajos que son los precios en China y la enorme diferencia con otros países. Por un euro he almorzado un plato de pasta con carne, pan de gambas, dos boles de arroz y una especie de torta rellena de carne con verdura. El botellín de agua me cuesta quince céntimos. Acabamos llenos, hartos de comer.

―Ahora lo que pega es una siesta ―digo.

―¡Oh, siesta! ―responde Milla―. Me gusta la siesta.

Milla trabajó durante un año en un bar de Sevilla, así que no solo habla español, sino que también sabe disfrutar de una buena siesta.

Tenemos tiempo de sobra para dar un paseo. Doug propone buscar el océano para echar un vistazo y el resto estamos de acuerdo. Por una vez me viene bien dejarme llevar, no tener que tomar las decisiones que, por triviales que sean, acaban cansando. Empezamos a vagabundear por las enormes calles de la ciudad, que no nos llevan a ningún sitio.

Al final damos con lo que parece una casa de masajes. Entramos a preguntar y nos sorprendemos de los bajos precios. Un masaje en los pies de una hora de duración nos sale por tres euros. Después de las palizas de Japón, Corea y lo que llevamos de China, un masaje en los pies tiene que ser algo muy parecido al cielo. Estamos de acuerdo en que la hora que nos queda no puede estar mejor empleada que recibiendo uno de esos masajes.

Entramos.

Ellos dos van a una habitación y yo a otra. Es una pequeña salita, bien iluminada y fresca gracias al ventilador que cuelga en la cabecera de la cama y a la corriente de aire que entra por la ventana. Por todas las paredes y el techo hay manchas de sangre consecuencia de haber matado a los mosquitos cuando ya era demasiado tarde. A juzgar por el tamaño de las manchas, los mosquitos de por aquí tienen que ser XXL.

Nunca en mi vida he recibido un masaje profesional, así que no sé muy bien qué hacer. Me siento como un cura en una güisquería. La chica me pide con gestos que me quite los pantalones ―y yo que pensaba que era un masaje en los pies―. Sale de la habitación y vuelve con unos pantalones de pijama cortados a la altura de la rodilla. Me los pongo y me tumbo en la cama siguiendo sus indicaciones. Empieza por lavarme los pies con delicadeza, frotando con la energía justa para que no sienta cosquillas. Pese a todo, no consigo relajarme y la chica se enfada conmigo.

―Relaja las piernas ―parece querer decirme con el gesto de su cara.

―Vale, vale, ya lo intento, no te enfades.

Comienza el masaje y me siento como un gato al que rascan la barriga. Roza con sus movimientos mi umbral del dolor, pero no lo supera en ningún momento. Es agradable sentir cómo te estiran uno a uno los dedos de los pies. Va pasando el tiempo y consigo relajarme hasta tal punto que me quedo dormido. Son solo unos minutos, como comprobé al despertarme. Durante el sueño ha ocurrido algo: tengo una enorme erección. Tengo la polla tan dura que creo que soportaría el peso de la masajista sin perder un solo grado de inclinación. No ha sido algo consciente, ha sido consecuencia de haber perdido el control momentáneamente cuando me he dormido.

Big! ―pienso de forma absurda aún medio dormido.

Trato de disimular cruzando las manos sobre el pijama, aunque me imagino que mientras dormía ya habré dado el cante suficientemente. Por fortuna, pasa rápido.

Después del masaje ―que me ha dejado completamente relajado― la guinda la ponen ofreciéndome un plato de sandía fresca. Cuando salimos, estamos todos encantados.

―Camilla, después de todo hemos encontrado algo mejor que la siesta ¿no?

―¡Guau! y por menos de tres libras.

―Por ese precio en Londres no te ponen ni la sandía ―apunta Doug.

Comentamos los detalles del masaje mientras volvemos a la estación. El autobús de ellos sale en poco tiempo. A mí me quedarán un par de horas en la sala de espera, que está dividida en dos: para viajes de larga distancia y para viajes de corta distancia.

―Un viaje de mil kilómetros en China ¿se supone que es corta distancia o larga distancia? ―pregunto de coña.

Nos intercambiamos nombres y apellidos con la promesa de buscarnos en Facebook y nos despedimos hasta otra.

En el rato que tengo antes de irme doy una vuelta, cambiando el camino que hemos hecho anteriormente. Encuentro un mercadillo y decido emplear todo el tiempo en pasear, aunque no tengo la intención de comprar nada. Hay aquí especias, hierbas aromáticas, carnes y pescados frescos, carne seca, pescado seco, mariscos, verduras y fruta. Hay aquí fruta seca, cien tipos de arroz, gelatinas e infusiones, harinas, setas y legumbres, pastas, dulces, golosinas, aceites, vinagres. Hay aquí pasas y huevos, tofu y conservas, bebidas, embutidos, cereales, galletas, chocolates y bombones, mieles, mermeladas, libros, maletas, pilas, zapatos, camisetas y paraguas, jabones, cremas, mosquiteras grandes y pequeñas, flotadores de bonitos colores, sartenes y woks, juguetes, ventiladores, paraguas y patines, fregonas y cubos, cepillos de dientes y del pelo. También hay aquí parches, esponjas, peluches, cuchillos y tablas para cortar. Hay tazas, platos, jamones y frutos secos.

Vuelvo a la estación y, tras unos minutos en la sala de espera, empezamos a subir. Viendo los autobuses que hay por aquí, tendré suerte si me toca un asiento que no sea de madera. La flota de autobuses chinos parece sacada de un desguace de los ochenta. Los autobuses de Sudamérica sí que eran buenos.

Conforme me acerco puedo comprobar que el autobús no tiene asientos, solo tiene camas. Tres filas de literas de dos pisos que dejan un estrecho pasillo entre ellas. Una vez más, mi arrogancia occidental me ha dejado con el culo al aire. Mientras estoy en la fila veo como la chica que hará de azafata del viaje reparte unas bolsas. En principio supongo que serán para el mareo, así que me espero un viaje movido. Teniendo en cuenta que reparte dos bolsas a cada pasajero, espero un viaje muy movido. Cuando estoy lo suficientemente cerca, veo que las bolsas no son para el mareo, sino para cubrir los zapatos. Nadie puede subir al autobús si no se ha puesto previamente las bolsas en los zapatos. Los autobuses en China tienen más medidas higiénicas que algunos quirófanos en España.

La cama es pequeña pero cómoda. Tenía pensado pasar unas horas escribiendo, pero no puedo incorporarme para hacerlo. A los pies de mi cama, elevada un metro por encima del colchón, está la pantalla de televisión donde proyectan una película. Si me incorporo no podrán ver más que mi desbordada cabeza, así que permanezco discretamente tumbado. Ponen la rareza de Starship troopers, con el gran Michael Ironside haciendo de manco. Me coloco los auriculares de mi mp3, selecciono a Mozart y dejo que el cansancio y las pastillas vengan en mi rescate. Aquí están.

1 ¡Grande!

2 Grande no. Normal.

3 ¡Grande no! ¡Tamaño normal en Europa! ¡La tuya pequeña!

4 ¡Grande la de Nacho Vidal! ¡La mía normal! ¡La tuya pequeña!

5 Solo en metálico.