Domingo, 16 de agosto de 2009

A las ocho y veinticuatro minutos de la mañana, el tren llega a la estación María Zambrano de Málaga. El corazón me late a mil por hora por los nervios de volver a pisar suelo malagueño, aunque me tranquilizo en el momento en que salgo de tren. Estoy tan eufórico que no puedo evitar dar algunos saltos mientras me dirijo al autobús urbano. Finalmente, no he avisado de mi llegada, así que llevaré a cabo el plan previsto.

Bajo del autobús y rodeo la manzana de la cafetería para llegar de improviso. Cuando estoy entrando, mi primo Alejandro es el primero en verme.

―¡Hombre primo! ¿Cómo estás?

―Hecho misto Ale, hecho misto.

―No veas los chinos del barco. ¡Te iban a poner bien! Big!

Racimo de abrazos.