Domingo, 14 de junio de 2009

Me despierto a las cinco menos veinte con Rayuela apoyada en el pecho. Es curiosa mi relación con este libro; adoro a Cortázar desde la primera vez que leí algo suyo, allá por los tiempos del instituto y, sin embargo, siempre he tenido miedo de empezar su obra maestra. Y ocurrió que, echando una ojeada al pequeño mueble biblioteca que había en la sala de estar del hostel, encontré un ejemplar. Había perdido El libro de la selva en el aeropuerto y necesitaba algo que llevarme a la boca, así que decidí cogerlo. Sobre la estantería, un cartel invitaba a intercambiar libros.

Take one, leave one 1

Cogí uno y no dejé ninguno (horas más tarde compré en una librería del centro un ejemplar de Cinderella, que dejé en la estantería cumpliendo con ello mi parte del trato).

Anoche traté de leer un poco, pero no conseguí pasar de la segunda palabra. El sábado fue un día duro pateando Nueva York, así que no hubo discusión con la almohada acerca de la necesidad de dormir: ganó el «sí» por unanimidad. Llegué al hostel a las diez de la noche ―después de dos horas caminando desde la estación de tren del Madison Square Garden―, y no me importó que Dolce y Gabbana estuvieran montando su particular show de puesta a punto. Alex y Christina estaban charlando con una nueva pareja que había sustituido al vikingo, lo que supuso un alivio. Saludé por cortesía y sin ganas de hablar.

―¡Eh! ¿Aún estás aquí? Pensé que ya estarías camino de México ―dijo Alex abriéndome la puerta de la charla que mantenían los cuatro.

―Mi tren sale mañana a las siete ―respondí distraído―. Voy a tratar de dormir un rato, porque debo estar en la estación media hora antes y, teniendo en cuenta que tardaré dos horas en llegar, tendré que levantarme a las tres y media de la madrugada ―concluí negando cualquier posibilidad de participación en la conversación.

―¿Por qué no te vas en metro? Se coge a dos manzanas de aquí y te deja en la estación en diez minutos.

―Según he leído, el metro comienza a las seis y media, así que no me sirve.

―La línea dos funciona veinticuatro horas al día.

―¡No me digas! Eso sería genial. Podría dormir un rato más y me ahorraría dos horas de camino con ese muerto encima ―respondí emocionado mientras señalaba mi enorme mochila.

―Mira, acércate. Disculpad. Es aquí, ¿ves? La 116th con Malcolm X Ave.

Haberme despertado a las cinco menos veinte significa haberme adelantado veinte minutos a la alarma de los dos relojes y el móvil, pero no puedo dormir más. Sé que he hablado en sueños. Me recuerdo vagamente a mí mismo asomado a la litera y preguntando al resto de mochileros si querían venir conmigo a hacer surf. No recuerdo nada más, solo eso.

Preparo la mochila y bajo a desayunar. En media hora estoy en la calle, desierta y oscura, camino de la parada de metro que me indicó Alex. Es una parada estrecha y llena de graffitis. Me recuerda a la primera fase del Renegade, el legendario videojuego de Spectrum. En media hora más estoy en la estación de tren, rodeado de gente de soñolientas y largas caras. Son las seis de la mañana, así que tengo una hora que ocupo en comprar un bollo de pan italiano, tumbarme en una escalera y escuchar Rage against the machine. Por delante, un viaje de tres días que dará con mis huesos en Ciudad de México.

El trayecto hasta la frontera con México está dividido en tres partes. Después de pelearme durante varios días con el buscador de la página web de Amtrak, la empresa estadounidense de trenes, y hacer lo propio con la ruda y complaciente señorita de la ventanilla de la estación, llegué a la conclusión de que un viaje de tres días cruzando medio país era la única forma de llegar a Matamoros, el pueblo fronterizo donde tomaré el autobús con destino a Ciudad de México.

La primera de esas partes es el trayecto Nueva York Chicago. Es un viaje a través de seis estados, desde Nueva York hasta Ohio, pasando por Pensilvania, Virgina, West Virginia y Kentacky. Pasaré las siguientes veintiocho horas viajando en un viejo tren por vías secundarias. Si bien la distancia no es demasiado grande, el tren se mueve despacio y realiza muchas paradas. Afortunadamente cuento con una conexión eléctrica, lo que me permite usar el ordenador sin temor a agotar la batería.


Joel, Heraclio y «la blanquita»

Exactamente a las siete menos cinco, con puntualidad suiza, se pone en marcha el viejo cacharro. Estoy prácticamente solo en un vagón en el que caben ciento veinte personas (he contado las butacas mientras esperaba), aunque al cabo de algunas paradas la situación cambia, y en cosa de dos horas ya está lleno.

―¿Esta es la plaza número treinta y cuatro verdad? ―me pregunta un tipo.

―Creo que sí.

―¿Te importa apartar tus cosas?

―Claro que no ―respondo resignado mientras recojo todas las cosas que, intencionadamente, dejé tiradas por el asiento―. Adelante, toda tuya.

―Gracias.

Mi nuevo compañero de viaje se llama Joel. Es un hombre de treinta y tantos, de piel morena y gesto amable y tímido.

―¿Hablas español? ―me pregunta.

―Yo sí, soy de España. ¿De dónde eres tú?

―Soy de Honduras, pero vivo en EE.UU. desde hace más de diez años.

Charlamos un rato y me cuenta cosas sobre su país. Me dice que a él no le gusta, que no es tan bonito como Costa Rica u otros países del Caribe, que allí solo hay pobreza, aunque vayan muchos gringos a pasar sus vacaciones. Me advierte de que tengo que tener mucho cuidado cuando vaya, sobre todo con los gangueros. Me los describe como una especie de banda ultraviolenta.

―La semana pasada pararon un autobús en la carretera y mataron al conductor y a todos los pasajeros. En total veintitrés muertos.

―Vaya ―le respondo.

Aun cuando lleva más de diez años viviendo en EE.UU. tiene dificultades para hablar inglés. Lo entiende perfectamente, pero a la hora de hablar le puede la vergüenza. A pesar de eso, hay palabras que solo sabe decir en inglés. Así, me dice que se dedica al roofing cuando le pregunto en qué trabaja.

―¿Construyes tejados?

―Nos dedicamos a instalarlos.

Ignorando los consejos de mi amigo Miguel Ángel, que me advirtió ―por qué se yo qué motivo relacionado con mi seguridad― que no le dijera a nadie que estaba dando la vuelta al mundo, le cuento lo de mi viaje. Se muestra interesado, así que saco el atlas de bolsillo que llevo conmigo y empiezo a recitarle los países por donde tengo pensado pasar. Le gusta mucho el libro y me pregunta con nerviosismo infantil dónde se encuentra este o aquel país. Me apena comprobar que en geografía es prácticamente analfabeto cuando me pide que le señale en el mapa «el sitio ese donde están los negritos».

―¿Te refieres a África? Está aquí.

―Sí, eso, África. Es grande.

Sigue preguntándome por países: Rusia, Australia, India, Italia… Yo se los voy enseñando todos. Viendo cómo disfruta con los mapas le regalo el libro, pero no lo acepta. Insisto, pero lo rechaza una y otra vez alegando que yo lo voy a necesitar más que él y que no hay nada más que hablar.

Él me cuenta que va camino de Cincinnati, donde le espera su novia gringa.

―A las gringas les gustan los latinos, primo.

Entre unas cosas y otras nos da la hora de comer. Le ofrezco lo poco que tengo: una lata de chili with beans2 y un pedazo del pan italiano con semillas de sésamo que compré en la estación antes de salir. Él tiene unos trozos de pollo frito que le sobraron de la cena del día anterior. Nos vamos al vagón restaurante, pedimos unas sodas y nos sentamos a comer.

Mientras lo hacemos, vemos a un tipo con aspecto de mexicano, cola de caballo negra, sombrero tejano blanco. Le invitamos a sentarse con nosotros. Se llama Heraclio y, como yo, se dirige a Chicago. Ponemos nuestro almuerzo a su disposición y él hace lo propio con su cheese burger3. Hablamos de fútbol, de política, de la corrupción mexicana. Me advierte que tenga cuidado, que el año pasado murieron tres mil personas solo en D.F.4

―Vaya.

Después de comer, alguien propone tomarnos una cerveza. Yo pago la primera ronda: tres heladas latas de Budweiser. En un rato nos hemos tomado tres latas cada uno, lo cual anima a mis compañeros de viaje a confesar que son ilegales en Estados Unidos. Heraclio lleva quince años sin papeles, cinco más que Joel. Me cuentan el relato del día en que cruzaron la frontera. En el caso de Heraclio, tuvo que intentarlo hasta cinco veces antes de lograrlo.

―No os imagináis lo que es cruzar Río Bravo cinco veces sin saber nadar. Ese río es muy traicionero; aparenta ser muy tranquilo en la superficie, pero está lleno de corrientes internas. La primera vez casi me lleva río abajo, pero por suerte iba atado a mi compadre, que pudo sujetarme y salvarme la vida. Yo soy de la zona de Chiapas, una de las más pobres de México. Tengo que arriesgar mi vida porque de otra forma no tengo ningún futuro.

En la mesa de al lado hay una chica que nos está mirando desde el principio. Más de una vez he cruzado la mirada con ella y no la ha apartado, como correspondería; antes al contrario la ha aguantado hasta obligarme a que sea yo quien desenchufe la conexión. Después de un rato, esas descaradas miradas se acompañan de sonrisas. Joel se ha dado cuenta de que ella nos miraba desde el principio, y ahora se da cuenta de que yo también la miro a ella.

―La blanquita no te quita ojo desde que llegamos .

Las cervezas van haciendo efecto, y esta última frase la acompaña con una risita nerviosa.

―Anda y dile algo ¿no? ―me anima.

―Estoy oxidado Joel, hace tiempo que me limaron las garras y aún no las tengo bien afiladas.

―Esta presa no necesita garras, primo.

Espoleado por las palabras de Joel, agarro la cámara de fotos y me acerco a ella.

A picture?5

Yeah, of course.6

No construyo la frase en inglés correctamente con la intención de que crea que quiero que nos haga una foto, pero cuando se levanta a hacerla le digo que no, que no quiero que nos haga una foto, que lo que quiero es que se haga una foto con nosotros. Ya no puede negarse (yeah, of course).

Para salir en la foto se sienta a mi lado, y noto como se acerca mucho más de lo que sería necesario. El banco de la mesa del vagón restaurante es suficientemente grande como para que quepan tres personas, pero ella se ha arrimado a mí tanto que ha dejado sitio para otras cuatro personas más. Tengo que buscarme una excusa para moverme y separarme unos centímetros. Es guapa, de pelo oscuro y olor a avena. Viste de riguroso blanco. Se llama Liesse.

Después de la foto intentamos mantener una conversación los cuatro, pero tras las presentaciones de rigor, Liesse se vuelve a su sitio con la excusa de que tiene que trabajar. Una cerveza después, me levanto para buscar el atlas que dejé en mi sitio ―por el que Heraclio también ha mostrado mucho interés―, y al volver me fijo en la pantalla del ordenador de «la blanquita»: está chateando en Facebook. En un gesto que no tenía previsto, me siento a su lado sin decirle nada. Abro el atlas por la página de Estados Unidos y le pido que me señale por dónde vamos. Dos horas de conversación más tarde nos cierran el vagón restaurante, así que nos vamos cada uno a nuestra butaca. Joel se ofrece, con un guiño descarado, a cambiar el sitio con Liesse. Aceptamos los tres.

―¿Tienes alguna película para ver en el ordenador? ―me pregunta.

―Tengo decenas. Esta tarde he visto Batman begins.

Resulta ser una de sus películas preferidas; la ha visto cinco veces y no se cansa nunca. Le hago ver que me parece bien que nos pongamos a verla, pero maldita las ganas que tengo de tragarme «Batman begins» por segunda vez en un día.

La pongo. Nos arrimamos. Nos arropamos con su rebeca. Son las once de la noche, el vagón está en calma, la mitad de la gente duerme. Está oscuro y allí estamos «la blanquita» y yo, pegados y arropados con su rebeca blanca, viendo una película de superhéroes. Hace dos horas no sabía que existía y ahora estamos viendo una película en el sofá, debajo de una manta, como si fuésemos novios de toda la vida.

―¿Qué coño está pasando? ―pienso―. ¿Qué coño hago aquí viendo la puta película por segunda vez? ¿Qué coño hago arropado con el puto calor que hace?

No digo nada; mi apellido me obliga a seguir adelante. Estoy cansado y empiezo a dar cabezadas. Es la gota que colma el vaso. Dar cabezadas en el sofá viendo una película es el símbolo de una vida que llevé y que no quiero que se vuelva a repetir. Es momento de rebelarse. Me separo, salgo de debajo de la rebeca.

―Duerme, estás cansado ―me dice mientras me acaricia el rostro con la cara externa de su mano.

Santo cielo. Virgen santísima.

Gracias a Dios termina la película; apago el ordenador y nos ponemos a charlar. La charla sí me gusta. Me joden las circunstancias, pero charlar con ella es estupendo. Es una chica magnífica, encantadora e inocente de la forma más tierna que puedo imaginar. Intercambiamos correos, me firma en el diario del viaje, reabro mi cuenta Facebook por satisfacerla ―al tiempo que pienso en las mofas que esto me va a causar por parte de cierto sector de amigos―. Su viaje acabará en unos minutos, en Cincinnati. Nos despedimos con unos besos y me dice que no deje de escribir, que tenga cuidado.

Juro por mi dios que no sé qué me pasó.

1 Coge uno, deja otro.

2 Chile con alubias.

3 Hamburguesa con queso.

4 Distrito Federal.

5 ¿Una foto?

6 Sí, por supuesto.