Domingo, 12 de julio de 2009

Cuando bajo a la cocina aún es demasiado temprano, así que no se ha servido el desayuno. Un chico con gorra y camiseta de manga corta tres tallas por debajo de la suya barre, con poco arte, la cocina y alrededores. Las sillas están recogidas sobre las mesas. Bajo una de las sillas, la de un extremo de la mesa, y me siento a escribir, pero antes me hago rápidamente un café solo con poco azúcar. Me parece mentira estar tomando café durante el viaje; café solo. Espero que no me agarre con las uñas de la adicción.

El desayuno comienza a las siete y media por lo que todavía faltan algunos minutos, sin contar con el retraso que lleva el chico de la gorra, que aún tiene que fregar, sacar la basura y espabilar. Aun así, ya hay una pareja que se está preparando un desayuno a base de salchichas y huevos fritos. De la sartén sale un olor que despertaría a un muerto. Ella es oriental, como tantísimas otras que circulan por Sidney. Él parece de aquí.

Dan las ocho y ya está todo preparado. Tengo pensado desayunar como si no hubiera mañana, así que agarro un plato hondo y lo lleno hasta arriba de cereales, leche y miel. Cojo cuatro tostadas y las unto de mermelada de distintos sabores. Para beber, leche fresca. Acabo pronto por pura ansiedad; tengo muchas ganas de salir a caminar.

El día ha nacido nublado. Chispea, pero la temperatura es buena. No es para ir en manga corta, pero se puede pasear sin necesidad de coger el abrigo. Esta vez he dejado la mochila grande en la recepción del hostel, así que solo voy con la pequeña, mucho más liviana, a la que he incorporado el impermeable. Salgo en dirección contraria al paseo que hice el día anterior. He preguntado a Ivonne cómo llegar al Teatro de la Ópera y al centro, y todo está cerca. De camino al teatro me doy de lleno con lo que en el mapa se muestra como una mancha verde: es el Real Jardín Botánico de la ciudad, que me recibe con un cartel que hace que sonría:

BIENVENIDOS A LOS REALES JARDINES BOTÁNICOS.
POR FAVOR, PISE LA HIERBA.
TAMBIÉN LE INVITAMOS A QUE HUELA LAS ROSAS,
ABRACE A LOS ÁRBOLES, HABLE A LOS PÁJAROS
Y MERIENDE EN EL CÉSPED.

Se trata de un sitio tan tranquilo que se oyen caer las hojas secas. Cuando llego está casi desierto. Lo estaría completamente si no fuera por una pareja que pasea con su hijo y un par de corredores haciendo un poco de ejercicio. El verles corriendo levanta en mí una envidia intensa y me apunto verbalmente que tengo que dedicar un poco de tiempo a correr y hacer ejercicio. El hecho de que no tenga asegurada una ducha al final del día ha hecho que haya dejado de hacer cualquier actividad física que no fuera estrictamente necesaria. El paseo es agradable, y no me importa que se haya puesto a llover en serio. El impermeable me protege perfectamente y siempre me ha gustado la lluvia.

Durante todo el camino he ido acompañado de aves de largo cuello y pico, gaviotas con calcetines naranja y loros descoloridos de crestas amarillas. Se nota que están acostumbrados al trato con humanos, porque no se cortan un pelo.

El teatro no es el más bonito del mundo, pero se trata de una foto obligada cuando se está en Sidney. Me hago otra en el puente del puerto y sigo mi camino hacia el centro. Mientras paseo por mercadillos y tiendas de recuerdos, decido que es un buen momento para dedicar un último esfuerzo a conseguir el Japan Rail Pass. Durante el desayuno he hecho una lista de todas las agencias de Sidney que tienen autorización para venderlo. En total tengo unos veinte nombres con sus números de teléfono. Mi idea es ir a una agencia de información turística y pedirle a alguien que haga las llamadas por mí, así que eso hago. El problema es que la oficina que he elegido es muy céntrica y por tanto tiene mucho movimiento. La chica del mostrador me entiende y trata de ayudarme, pero no puede dedicarme tanto tiempo. Al segundo intento, desiste. Lo comprendo y le digo que no se preocupe. Al menos he descartado las dos primeras agencias.

El plan B consiste en llamar yo mismo, así que cambio cinco dólares en monedas de cincuenta centavos (el mínimo que acepta un teléfono público) y me dispongo a llamar. Las tres primeras llamadas son agua, pero con la cuarta doy en el clavo: he encontrado una agencia abierta el domingo. Anoto la dirección que me dicta el señor del otro lado del teléfono y con ella me voy de vuelta a la oficina de información para que me explique dónde está (en el peor de los casos, si fuese complicado tengo pensado tomar un taxi). No es necesario ni llegar a la oficina, porque antes de dar dos pasos me doy cuenta de que el teléfono público desde el que he llamado está en la misma calle que la agencia, aunque unos cuatrocientos números por detrás. Vuelvo a tener suerte.

La calle en cuestión es George Street, una de las arterias principales del centro. Una ancha avenida repleta de locales y galerías comerciales a uno y otro lado. Es mediodía y el tipo de la agencia me ha dicho que cierran a las cuatro de la tarde, así que tengo todo el tiempo del mundo para ir paseando, admirando los preciosos y enormes edificios que hacen de la calle un lugar sombrío y frío (tanto que tengo que echar mano del gorro de lana para descubrir que lo he perdido. Otra víctima de mi despiste, que empieza a ser preocupante) a pesar de que ha salido el sol y el cielo es azul intenso. Camino despacio, oyendo música (en Centroamérica eché de menos estos paseos que no podía permitirme por la necesidad de estar alerta con los cinco sentidos) y tomando fotos. He comprado pilas suficientes para cubrir al menos un par de semanas, así que voy totalmente relajado. Hacía días que no me encontraba tan bien.

La agencia de viajes se encuentra en una de las muchas galerías comerciales. En concreto en las galerías Victoria, situadas frente al lujosísimo edificio del mismo nombre. Casi sin darme cuenta he entrado en una zona en la que la mayoría de la gente tiene aspecto oriental, aunque no se trata de un barrio chino al uso, más bien se trata de una ambientación japonesa. La galería tiene un par de restaurantes japoneses y alguna tienda de recuerdos y artesanía de la isla. La agencia, forrada de pósters y banderas, está especializada en el mundo japonés. Me atiende Yoshiro, cuya descripción valdría para el noventa por ciento de los habitantes de Asia oriental.

Recuerda mi llamada de teléfono, así que no hace falta que le explique nada; enseguida se pone a rellenar los formularios y en unos instantes tengo la invitación en mi bolsillo. Esa invitación deberé hacerla efectiva, para obtener el pase definitivo, en alguna de las muchas oficinas de la empresa de trenes nipona que hay repartidas por todo Japón. Sin ir más lejos, me explica que hay una en el propio aeropuerto Narita, destino del vuelo que debo tomar.

Sigo dándole vueltas a la pérdida del gorro de lana. Más que el frío, para mí es importante porque me permite llevar los auriculares disimulados durante el despegue y aterrizaje del avión. La ansiedad me puede si no escucho música y aún me quedan dos vuelos que tomar.

Cuando salgo de las galerías Victoria son más de las dos de la tarde y el desayuno, por muy copioso que haya sido, no da para más. Necesito comer algo. Tengo unos cuarenta y cinco dólares, de los cuales aparto quince para el shuttle que me llevará desde el hostel al aeropuerto. Con treinta dólares australianos tengo dos opciones: comer en un restaurante o ir a un supermercado y comprar comida para el almuerzo y la cena. Con suerte, algo de fruta para el vuelo. Me decido por la segunda opción cuando paso por la puerta de un enorme supermercado. Es una especie de Día a la japonesa (estoy rodeado de tanto japonés, que me he acostumbrado y casi olvido que estoy en Australia). Tiene productos a precios baratos, así que puedo permitirme comprar algunas cosas básicas. Recuerdo el consejo de Valérie acerca de los fideos chinos:

―Te sacan de cualquier apuro. Solo tienes que añadir agua caliente y en dos minutos tienes un estupendo plato de pasta.

Compro tres de estos paquetes y algunas cosas más. El olor a pollo asado me ha despertado el apetito, así que me siento en un banco en la puerta del supermercado y me dispongo a comer. Un vagabundo, que pide a todo el que entra o sale del supermercado, me dice algo ininteligible que traduzco por mi cuenta. Le doy una de las monedas que me ha devuelto la chica de la caja. El vagabundo, tal y como recibe la moneda, la añade al pequeño montoncito que lleva en la otra mano al tiempo que las cuenta. Decide que tiene suficientes y entra en el supermercado. En un minuto ha salido con una lata de cerveza en la mano.

―¿Quieres comer algo? ―le pregunto cuando retoma su tarea pedigüeña.

―Sí ―responde con desconfianza.

―Tengo pollo, una ensalada de pasta, una lata de estofado de ternera y algo de fruta. Ven, siéntate aquí conmigo.

―Yo tengo una cerveza ―me dice con un gesto sin necesidad de abrir la boca.

La comida no dura más que unos minutos, pero creo que hemos quedado satisfechos por ahora. Mientras dábamos cuenta de mi compra, han caído en la gorrilla suficientes monedas como para comprar otra lata de cerveza.

―¿Por qué no esperas un poco más y compras una botella más grande? ―le pregunto tratando de optimizar sus recursos, vaya usted a saber por qué.

―Si tengo suficiente para una lata, compro una lata, siempre lo he hecho así.

La historia de John Doe es una de tantas. Un accidente laboral le hace perder dos dedos. La falta de seguro hace que no tenga derecho a nada y que vaya directamente a la calle. De ahí a pedir en la puerta de un supermercado solo van unos cuantos meses. Cuando estás en ese punto, nadie va a sacarte.

Aunque cada una de estas historias que escucho de boca de los propios protagonistas es única, todas tienen en común una cosa: los protagonistas no nacieron siendo vagabundos y ni siquiera se lo buscaron. Sencillamente, son víctimas de un golpe de la vida, de un jack directo al mentón que les deja aturdidos durante unos instantes, breves pero suficientes para que la vida tenga tiempo de armar el brazo y liquidarles con un gancho de izquierdas. Directo a la lona, cuenta de diez y knock-out. El knock-out impregna la mirada de estos hombres.

Me despido de John, dándole un sorbo a su cerveza y dejándole un par de latas de estofado que, bien pensado, iban a resultar demasiado pesadas para la caminata que aún me queda por delante. Nos estrechamos la mano y nos deseamos suerte.


La inhumanidad es perenne

En la acera de enfrente hay una concentración. Mientras comíamos, me he fijado en que iba acercándose gente con pancartas y banderas australianas y otras que parecen turcas (aunque de color celeste). Cruzo la calle y me acerco a interesarme. La concentración se desarrolla en completo silencio. Hombres, mujeres y niños se manifiestan con absoluto respeto. Mantienen sus mensajes en alto, con cierto orgullo y miradas nobles. Algunos de ellos se dedican a repartir folletos, dando la gracias a cada persona que decide cogerlos.

―¿Qué hacéis aquí? ¿Qué pedís? ―le pregunto a un chaval que reparte papeles.

―Pedimos ayuda. Somos un pueblo sometido por China y queremos que alguien nos oiga ―me responde.

Le invito a que me siga contando; su relato me pone los pelos de punta. Se trata del pueblo uigur, del Turkestán, una región al oeste de China. El pasado nueve de julio, mientras se manifestaban pacíficamente, fueron brutalmente atacados por la policía y el ejército chino, con el resultado de cientos de muertos y miles de heridos y detenidos. Recuerdo que cuando estuve en México, Zaly nos contó la matanza de la plaza de las Tres Culturas, donde la policía mexicana mató a decenas de estudiantes que protestaban por la política económica del gobierno. Era el año 1968, meses antes de la celebración de los juegos olímpicos en la ciudad, así que el gobierno no se podía permitir un escándalo. Se citaron a los estudiantes en la plaza y allí fueron masacrados, uno a uno, sin que hubiera ni un solo testigo. Se cubrió todo con un manto de silencio. Recuerdo que entonces me pareció increíble que en el siglo XX pudieran hacerse estas cosas. Cuando termino de escuchar al muchacho uigur, tengo que pedirle que me repita la fecha de la manifestación salvajemente reprimida. Nueve de julio de 2009, hace solo un par de días, el día de la independencia argentina, el día que no viví.

―Nuestro caso es parecido al del Tíbet, pero ellos cuentan con la ventaja de que tienen al Dalai Lama y eso les posibilita ser escuchados por la comunidad internacional.

―Hoy en día, si no sales en las noticias no existes. No importa la cantidad de muertos que pueda haber. ¿Cuántos asesinatos habrá al día sin que sepamos nada? Dios mío, todo es una locura.

―Nosotros estamos empezando a salir en las noticias. El otro día salimos en la BBC, creo que empiezan a escucharnos.

―Espero que tengáis suerte y se haga justicia, aunque no será fácil.

―Gracias, no podremos hacerlo sin ayuda, por eso te pedimos la tuya.

―¿Y qué puedo hacer yo? ―le pregunto escéptico.

―Ayudarnos a que se conozca nuestro caso. Tú mismo lo has dicho, mientras no se conozca, no existimos.

Me da uno de los folletos que reparte y le prometo que haré lo que pueda, aunque ya sé que será muy poco. En realidad sé que no pasarán muchos días antes de que me olvide del nombre de los uigur. Mi corazón occidental está demasiado bien protegido como para dejarse influir por casos como este. Nada, por brutal e injusto que sea, puede llegar a conmoverme de verdad, a hacer que cambie mi forma de actuar, a agarrarme por la pechera, agitarme y sacarme de la vida que me ha tocado y que ni sueño con poder cambiar, sencillamente por el hecho de no estar dispuesto a pagar el precio que tendría que pagar. Nada hará que deje de mirar para otro lado. Ni los cientos de asesinados de forma injusta, ni las caras de los hijos de esos muertos, con sus pancartas, sus ojos apagados y sus gestos clementes. Es realmente jodido llegar a esta horrible conclusión, pero a veces me gusta pensar que al menos esta consciencia de ser un animal inconmovible, movido solo por la necesidad de satisfacer mis propios caprichos sin pensar en nadie más, es una especie de pequeño castigo, un azote con una regla en la palma de las manos, un «niño malo, eso no se hace». Y entonces me alegro de ser consciente de mi propia inhumanidad.

Me largo de allí con la sensación de ser cómplice de una matanza que ni siquiera conocía. No me gusta sentirme así, pero sé que se pasará. Solo necesito caminar y escuchar música, escuchar algo que me recuerde mi puta vida y que me devuelva a ese estado de tristeza que a veces echo de menos, que me haga pensar en mí, en mi pequeño universo desgraciado. Creep servirá. Creep y caminar con las manos en los bolsillos durante una hora. Tengo hasta dos amagos de accidente al cruzar calles. Malditos australianos circulando por la izquierda. Pienso que no debo de ser el único que anda despistado, porque empiezo a fijarme en que en el suelo, en los sitios donde se cruza la calle, hay carteles que te indican dónde tienes que mirar. No me había fijado hasta ahora; he necesitado un par de sustos para darme cuenta. Tiene gracia que sea una gilipollez así la que me suba el ánimo. Eso, y que estoy extrañamente predispuesto a no dejarme llevar por la autocompasión. Prometí a una amiga que dejaría de hacerlo y las promesas deben cumplirse.

El callejeo me ha sacado de la calle principal y me ha llevado a una zona aún más oscura, donde los negocios tienen rejas y los tipos tienen la voz áspera y ronca. Creo que estoy detrás de la fachada. Es una zona con muchos negocios y carteles en caracteres orientales. Esto sí se parece a un barrio chino. Casi no se ven rostros caucásicos aunque, curiosamente, no me siento extranjero. Voy mirando los escaparates de sex shops y locales de striptease de neones poco sutiles. Entro en algunas tiendas underground de compra-venta de música, cómics y libros.

Me gusta la zona. Estoy seguro de que no seremos muchos los turistas que circulamos por ese barrio y es eso lo que más me gusta, ver lo que una ciudad ofrece a sus ciudadanos, y no a sus visitantes. Prefiero los locales de putas a las tiendas que venden boomerangs y carteras de piel de canguro. Prefiero ver a un vagabundo borracho tirado en la acera que a un payaso vendiendo globos con forma de bicicleta; prefiero la mirada huraña del dependiente de una tienda de comestibles a la sonrisa exagerada de la azafata que me ofrece la cena en el avión.

El paseo por la zona no dura mucho y pronto vuelvo a estar en la senda de las calles céntricas y transitadas. Entro en una tienda de cómics que inmediatamente me recuerda a mi colega Francis. Solo pensar en él hace que me ponga de buen humor y que vaya soltando toda la mierda que tengo en la cabeza. Creo que debería hacerle caso a mi amigo Sergio y dejar de complicar la vida cuando se puede hacer que todo sea mucho más fácil.

La tarde se va y tengo que volver al hostel. No quiero que se acabe este paseo que empezó muy temprano, con el estómago lleno por un exagerado desayuno. Los últimos minutos los dedico a hacer el payaso en la Apple store, con su buenrrollismo y su elitismo jactancioso. Volviendo a casa, de forma casi accidental me topo con Hyde park, la catedral de Santa María, el museo de la ciudad y tantas otras cosas que me dicen que un paseo por Sidney no es nada. Me ha gustado esta ciudad. Tiene ese punto cosmopolita de gran ciudad y se adivina que detrás de la cortina hay mucho que ver. Quizá vuelva en otra ocasión.

Llego al hostel justo a tiempo de perder el shuttle, pero no me preocupa porque aún tienen que pasar tres más, uno cada media hora. Tengo tiempo de sobra para darle a Ivonne la caja de bombones rellenos de nueces de macadamia que le he comprado como muestra de agradecimiento. Tenemos tiempo de comérnoslos, de charlar un rato acerca de la ciudad, de obligarme a prometer que voy a volver. También tengo tiempo de subir a la pocilga a recoger la toalla que había olvidado y de la que me he acordado al lavarme la cara en el baño. Debajo de la toalla, mezclado entre todo tipo de ropa que no puedo distinguir por estar a oscuras (no quiero despertar a un tipo que ronca en la cama de al lado), mi gorro de lana. Después de todo, parece que podré despegar de Sidney oyendo música. En ese momento decido que será Fade to black de Dire Straits.

Desembarco en el aeropuerto y me acomodo alrededor de un enchufe. Ni me molesto en buscar wifi, aquí todas son de pago. Tiene gracia que una estación de autobuses de San Salvador ofrezca wifi gratis y el aeropuerto internacional de una gran ciudad te pida la tarjeta de crédito. No me apetece nada escribir, pero trato de obligarme para que me ayude a pasar las diez horas de espera que tengo por delante; no sirve de nada, claro. Tampoco tengo ganas de hablar con nadie, así que me pongo los auriculares y dejo que salte el salvapantallas.

Me despierta un tipo calvo con pinta de boxeador diciendo que la zona de partidas se cierra a las once y que tengo que largarme de allí a la voz de ya. La única opción que me ofrece, para no dejarme en la calle helada es llevarme al culo del aeropuerto, a una zona de refugiados donde unos cuantos tratan de pasar la noche, forzando sus cuerpos para adaptarse a los incómodos sillones para mendigar una cabezada. Nos han cerrado las salidas con rejas automáticas, nos han bajado las luces y nos han mandado callar. Todos juntos formamos un pequeño ejército de vagabundos a tiempo parcial.

Horas más tarde, el sonido de las rejas al abrirse me sobresalta. Ni he intentado dormir. Cualquier intento hubiese resultado inútil. Los asientos son demasiado incómodos y yo estoy relativamente descansado. Quizá después de tres días sin dormir hubiese conseguido arañar algunas horas de sueño pero, diablos, anoche dormí en una mullida cama. Recojo mis cosas y me voy directo a la zona de facturación. Quiero quitarme la mochila de encima lo antes posible y luego quizás buscar un punto de acceso a Internet.

Mi vuelo no figura en el panel. Reviso una y otra vez, pero no aparece. El aeropuerto es increíblemente amplio, pero no hay ni rastro de alguien a quien poder preguntar. Son las cuatro de la mañana. Reviso el papel impreso con los datos de mi vuelo y me pregunto si estará actualizado. Desde que reservé el vuelo, hace meses, me han cambiado el itinerario al menos dos veces, y ahora dudo de si el papel impreso será el definitivo o no. Lo reviso con detalle y descubro el problema. Si bien el destino final del vuelo es Tokio, antes hay prevista una escala en Cairns, una ciudad australiana. En consecuencia, el primer vuelo ha de tomarse desde la terminal doméstica y no desde la terminal internacional. Llevo horas esperando en la terminal equivocada.

Me pongo muy nervioso, porque no tengo idea de cómo ir a la terminal doméstica. Corro por las desiertas salas buscando a alguien que pueda echarme una mano, no importa cómo. Al fin encuentro un mostrador donde están facturando. La cola es infinita, pero no puedo permitirme esperar. Asalto a la chica que atiende.

―Perdona la interrupción, solo quiero hacerte una pregunta. ¿Cómo puedo llegar a la terminal doméstica?

―Tienes que ir aquí y allá y encontrarás una parada de autobús que te lleva directamente.

―Gracias.

Sigo sus indicaciones y encuentro la parada, aunque me topo con dos problemas. El primero es que cuesta cinco dólares y yo no tengo ni un céntimo. El segundo problema es que el primer autobús de la mañana pasa a las seis y media, y mi vuelo sale a las siete. Empiezo a desesperarme. La calle está tan desierta como el aeropuerto. Ni siquiera hay taxis. Suelto las mochilas, con las que he cargado todo el tiempo sin darme cuenta de su peso y me siento en el suelo. Estoy helado, porque ni siquiera he tenido tiempo de abrigarme. Necesito pensar; o eso creo, porque lo que en realidad necesito es el taxi que acaba de aparecer como por milagro. Ha dejado a un pasajero y se larga, pero no voy a permitirlo. Me planto en mitad de la carretera con los brazos abiertos (luego pensaría que quizá me excediera con el teatro, y que un simple gesto con la mano hubiese valido, pero en ese momento tenía claro que ese taxi solo se iría por encima de mi cadáver atropellado). Trato de contarle mi problema, pero estoy tan nervioso que mi inglés es ininteligible. Al final lo logro y cuando me está diciendo que suba le confieso que no tengo dinero.

―Solo tengo dólares americanos. ¿Los aceptaría?

El taxista se lo piensa.

―No sé cuánto es la tarifa en dólares americanos ―me dice.

―Dígamelo en dólares australianos y yo le hago la conversión, si se fía de mí. No le engañaré.

El taxista se lo sigue pensando.

―Sube amigo, no hay problema.

No ha terminado la frase y ya estoy dentro, con las mochilas en el maletero. En cinco minutos estamos en la terminal doméstica.

―Dígame cuánto es ―le pido temiendo que quiera aprovecharse de la situación y engañarme.

―Nada, no te preocupes. Me pillaba de paso.

―No, no puedo aceptarlo ―le respondo avergonzado de lo que acabo de pensar.

―En serio amigo, no te preocupes.

―Bueno, acepte al menos cinco dólares como recuerdo ―le pido sonriendo.

―Está bien ―acepta entre risas.

―Es usted una buena persona. Me gustaría tener mejor nivel de inglés para decirle todo lo que me gustaría.

―No es necesario, no ha sido nada.

―¿Cómo te llamas?

―Elvis.

―Yo soy Pedro.

―¿Eres español?

―Sí.

―Yo soy portugués.

―Vaya, un vecino. ¿Qué haces en la otra punta del mundo?

―Mi mujer y mis hijos son australianos.

―Te deseo lo mejor, Elvis. Muito obrigado1.

―Suerte con el vuelo, y relájate, ya has llegado.

Mientras facturo, la chica del mostrador, borde de nivel A, me advierte de algo que me ocurrirá en Cairns. Habla tan rápido que apenas lo entiendo. Toma aire cuando le pido que me repita; me perdona la vida pero repite. Creo entender que me dice que cuando lleguemos a Cairns deberé recoger la maleta y pasar por inmigración. Creo que ha dicho algo más, pero no me atrevo a volver a preguntarle. Tendré dos horas para hacer todo el papeleo de inmigración y trasladarme de la terminal doméstica, en la que aterrizamos, a la internacional, desde donde partimos. Una oportunidad perfecta para poner a prueba, una vez más, a mi buena estrella.

1 Muchas gracias.